Entonces, llamé a Viernes y le dije que se mantuviese escondido, pues esa no era la gente a la que
esperábamos y no sabíamos si eran amigos o enemigos.
A continuación, fui a buscar mi catalejo, a fin de ver si los reconocía. Tomé la escalera para subir a la
colina, como solía hacerlo cuando desconfiaba de algo, y para poder observar sin riesgo de ser descubierto.
Apenas había subido, pude observar a simple vista que habían echado un ancla y estaban a casi dos
leguas de donde me hallaba, hacia el sudoeste, pero a menos de una le gua y media de la costa. Pude
reconocer claramente que era un buque inglés y su chalupa también lo parecía.
No puedo expresar la confusión que sentí, a pesar de la alegría que m causaba ver un navío que, sin
e
duda, estaría tripulado por compatriotas míos y, por consiguiente, amigos. No obstante, y sin saber por qué,
me invadieron ciertas dudas que me aconsejaban que me mantuviera en guardia. En primer lugar, me
pregunté qué podía traer a un navío inglés a esta parte del mundo, que estaba completamente fuera de la
ruta de tráfico. Sabía que ninguna tempestad los había arrastrado hasta mis costas y, si eran realmente
ingleses, posiblemente venían con malas intenciones, por lo que prefería seguir como estaba a caer en
manos de ladrones y asesinos.
Ningún hombre debería despreciar sus presentimientos ni las advertencias secretas de peligro que a veces
recibe, aun en momentos en los que parecería imposible que fueran reales. Casi nadie podría negar que
estos presentimientos y advertencias nos son dados; tampoco que sean manifestaciones de un mundo
invisible y de ciertos espíritus. Así, pues, si su tendencia es a advertirnos del peligro, ¿por qué no suponer
que provienen de un agente propicio, ya sea superior o inferior y subordinado -esto no es lo importante-, y
que nos son dados para nuestro beneficio?
Esta pregunta confirma plenamente la sensatez de mi razonamiento, pues, si no hubiese sido cauteloso, a
causa de esta premonición secreta, independientemente de su procedencia, habría caído inevitablemente en
una situación mucho peor que aquella en la que me hallaba, como veréis de inmediato.
No llevaba mucho tiempo en esta posición cuando vi que la chalupa se aproximaba a la orilla, como
buscando una ensenada para llegar a tierra más cómodamente. No obstante, como no se acercaron lo
suficiente, no pudieron ver la pequeña entrada por la que, al principió, desembarqué con mis balsas. Se
limitaron a llevar la chalupa hasta la playa, a casi media milla de donde me encontraba, lo cual resultó muy
ventajoso para mí, pues, de otro modo, habrían desembarcado delante de mi puerta y me habrían sacado a
golpes de mi castillo y robado todas mis pertenencias.
Cuando llegaron a la orilla, comprobé que eran ingle ses, al menos, en su mayoría. Había uno o dos que
parecían holandeses pero no estaba seguro. En total, eran once hombres, de los cuales tres iban desarmados
y, según pude ver, amarrados. Los primeros cuatro o cinco que descendieron a tie rra sacaron a los otros tres
de la chalupa; corno si fuesen prisioneros. Pude ver que uno de los tres suplicaba apasionadamente con
gestos exagerados de dolor y desesperación; los otros dos, elevaban los brazos al cielo de vez en cuando y
parecían afligidos pero en menor grado que el primero.
Este espectáculo me dejó totalmente perplejo, pues no comprendía su significado. Viernes me dijo; en el
mejor in glés que pudo:
-Oh, amo, ver hombres ingleses comen prisioneros también como salvajes..
¿Por qué, Viernes? -1e pregunté-. ¿Por qué piensas que se los van a comer?
-Sí -me contestó-, ellos van a comerlos.
-No, no, Viernes -le dije -, me temo que los van a matar pero puedes estar seguro de que no se los van a
comer.
Durante todo este tiempo, no tenía idea de lo que realmente iba a ocurrir pero permanecí temblando de
horror ante la escena, esperando a cada momento que mataran a los tres prisioneros. Uno de esos villanos
levantó el brazo con una enorme espada o navaja, como suelen llamarlas los marineros, para asestarle un
golpe a uno de aquellos pobres hombres y, como esperaba verle caer al suelo en cualquier momento, se me
heló la sangre en las venas.
Entonces deseé de todo corazón que el español y el salvaje que había ido con él, hubiesen estado aquí, o
que yo hubiese podido acercarme sin ser descubierto y abrir fuego contra ellos para rescatar a los tres
hombres, pues no me parecía que estuvieran armados. Pero se me ocurrió otra idea. Después del
monstruoso trato que les dieron a los tres hombres, advertí que los insolentes marineros se dispersaron por
la isla, como si quisieran reconocer el territorio. Observé que los tres hombres habían quedado en libertad
de ir a donde quisieran pero se sentaron en el suelo, afligidos y desesperados. Esto me hizo recordar el

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