Esta fue la primera oración, si puede llamarse de ese modo, que había hecho en muchos años. Mas
vuelvo a mi diario.
28 de junio. Un poco más aliviado por el sueño y ya sin fiebre, me levanté. Como el miedo y el terror de
mis sueños había sido muy grande y pensaba que la fiebre volvería al día siguiente, tenía que buscarme
algo que me refrescara y me fortaleciera cuando volviera a sentirme enfermo. Lo prime ro que hice fue
llenar una gran botella cuadrada de agua y colocarla encima de mi mesa, junto a la cama y, para templarla,
le eché como la cuarta parte de una pinta de ron y lo mezclé bien. Entonces asé un trozo de carne de cabra
sobre los carbones pero apenas comí. Ca miné un poco pero me sentía muy débil, triste y acongojado por mi
desgraciada condición y temía que el malestar volviese al día siguiente. Por la noche me hice la cena con
tres huevos de tortuga que asé en las ascuas y me los comí, como quien dice, en el cascarón. Esta fue la
primera vez en mi vida, según recuerdo, que le pedí a Dios la bendición por mis alimentos.
Después de comer, traté de caminar pero estaba tan débil que apenas podía cargar la escopeta (porque
nunca salía sin ella) así que solo anduve un poco y me senté en la tierra, mirando hacia el mar que tenía
delante de mí y que estaba tranquilo y en calma. Mientras estaba allí, pensé en cosas como éstas:
¿Qué son esta tierra y este mar que tanto he contemplado? ¿De dónde vienen? ¿Y qué soy yo y todas las
demás criaturas, salvajes y domésticas, humanas y bestiales? ¿Dónde estamos?
De seguro todos hemos sido creados por una fuerza secreta, que también hizo la tierra, el mar, el aire y el
cielo; ¿quién es?
Luego inferí, naturalmente, que era Dios quien lo había hecho todo. Pues bien, pensé, si Dios ha hecho
todas estas cosas, es Él quien las guía y quien gobierna sobre ellas y so bre todo lo que les sucede; ya que la
fuerza que pudo crear todas las cosas ha de tener, ciertamente, el poder de guiarlas y dirigirlas.
Si esto es así, nada puede ocurrir en el gran circuito de su obra sin su conocimiento o consentimiento.
Y si nada puede ocurrir sin que Él lo sepa, entonces Él ha de saber que estoy aquí y que me hallo en esta
terrible situación; y si nada ocurre sin que Él lo ordene, entonces Él debe haber ordenado que esto me
ocurriera.
No imaginé nada que contradijera estas conclusiones y, por lo tanto, tuve la certeza de que Dios había
mandado que me pasara todo esto y que había caído en este miserable es tado por orden suya, ya que Él
tenía todo el poder, no solo sobre mí sino sobre todo lo que sucedía en el mundo. Entonces pensé:
¿Por qué Dios me ha hecho esto? ¿Qué he hecho para ser tratado de esta forma?
Mi conciencia me refrenó ante esta pregunta como si fuese una blasfemia y me pareció que me hablaba
de la siguiente manera: «¡Infeliz!, ¿preguntas qué has hecho? Mira hacia atrás, hacia el terrible despilfarro
que has hecho con tu vida y pregúntate qué no has hecho; pregúntate ¿por qué no has sido destruido mucho
antes? ¿Por qué no te ahogaste en las radas de Yarmouth? ¿Por qué no te mataron en la pelea cuando el
barco fue capturado por el corsario de Salé? ¿Por qué no fuiste devorado por las bestias salvajes en la costa
de África? ¿Por qué no te ahogaste aquí cuando toda la tripulación pereció, excepto tú? ¿Y aún preguntas
"¿qué he hecho?".»
Estas reflexiones me dejaron estupefacto, como atónito, y no sabía qué decir para responderme. Me
levanté pensativo y triste y regresé a mi refugio y subí por mi muralla, como si fuera a irme a la cama pero
mi espíritu estaba tristemente perturbado y no tenía sueño, así que me senté en mi silla y encendí mi
lámpara, porque empezaba a oscurecer. Como temía que volviera el malestar, se me ocurrió que los
brasileños no toman otra medicina que su tabaco para casi todas sus dolencias y que, en uno de mis
arcones, tenía un trozo de un rollo de tabaco que estaba bastante curado y otro poco que aún estaba verde y
menos curado.
Fui como guiado por el cielo, porque en e arcón encontré la cura para mi alma y mi cuerpo. Abrí el
se
arcón y encontré lo que estaba buscando, es decir, el tabaco y, como los libros que había rescatado estaban
también allí, saqué una de las Biblias, que mencioné anteriormente y que, hasta entonces, no había tenido ni
el tiempo ni la inclinación de mirar y la llevé a la mesa junto con el tabaco.
No sabía qué hacer con el tabaco para curarme ni si servía o no para ello pero hice varios experimentos
con él, convencido de que funcionaría de un modo u otro. Primero me metí un pedazo de una hoja en la
boca y la mastiqué, lo cual me provocó una especie de aturdimiento pues el tabaco estaba verde y fuerte y
no estaba habituado a utilizarlo. Luego tomé otro poco y lo maceré en un poco de ron durante una o dos
horas para tomarme una dosis cuando me acostara. Por último, quemé un poco en un brasero e inhalé el
humo tanto tiempo como este y el calor me lo permitie ron, hasta que me sentí sofocado.
|
|