No tengo a nadie con quien hablar o que pueda consolarme.
Bueno
Pero estoy vivo y no me he ahogado como el resto de mis compañeros de viaje.
Pero también he s ido eximido, entre todos los tripulantes del barco, de la muerte; y Él, que tan
milagrosamente me salvó de la muerte, me puede liberar de esta condición.
Pero no estoy muriéndome de hambre ni pereciendo en una tierra estéril, sin susten to.
Pero estoy en un clima cálido donde, si tuviera ropa, apenas podría utilizarla.
Pero he sido arrojado a una isla en la que no veo animales feroces que puedan hacerme daño, como los
que vi en la costa de África; ¿y si hubiese naufragado allí?
Pero Dios, envió milagrosamente el barco cerca de la costa para que pudiese rescatar las cosas
necesarias para suplir mis carencias y abastecerme con lo que me haga falta por el resto de mi vida.
En conjunto, este era un testimonio indudable de que no podía haber en el mundo una situación más
miserable que la mía. Sin embargo, para cada cosa negativa había algo positivo por lo que dar gracias. Y
que esta experiencia, obtenida en la condición más desgraciada del mundo, sirva para demostrar que, aun
en la desgracia, siempre encontraremos algún consuelo, que colocar en el cómputo del acreedor, cuando
hagamos el balance de lo bueno y lo malo.
Habiendo recuperado un poco el ánimo respecto a mi condición y renunciando a mirar hacia el mar en
busca de algún barco; digo que, dejando esto a un lado, comencé a ocuparme de mejorar mi forma de vida,
tratando de facilitarme las cosas lo mejor que pudiera.
Ya he descrito mi vivienda, que era una tienda bajo la la dera de una colina, rodeada de una robusta
empalizada hecha de postes y cables. En verdad, debería llamarla un muro porque, desde fuera, levanté una
suerte de pared contra el césped, de unos dos pies de espesor y, al cabo de un tiempo, creo que como un año
y medio, coloqué unas vigas que se apoyaban en la roca y la cubrí con ramas de árboles y cosas por el estilo
para protegerme de la lluvia, que en algunas épocas del año era muy violenta.
Ya he relatado cómo llevé todos mis bienes al interior de la empalizada y de la cueva que excavé en la
parte posterior. Pero debo añadir que, al principio, todo esto era un confuso amontonamiento de cosas
desordenadas, que ocupaban casi todo el espacio y no me dejaban sitio para moverme. Así, pues, me di a la
tarea de agrandar mi cueva, excavando más profundamente en la tierra, que era de roca arenosa y cedía
fácilmente a mi trabajo. Cuando me sentí a salvo de las bestias de presa, comencé a excavar caminos
laterales en la roca; primero hacia la derecha y, luego, nuevamente hacia la derecha, lo cual me permitió
contar con un angosto acceso por el que entrar y salir de mi empalizada o fortificación.
Esto no solo me proporcionó una entrada y salida, como una suerte de paso por el fondo a la tienda y la
bodega, sino un espacio para almacenar mis bienes.
Entonces, comencé a dedicarme a fabricar las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una
silla y una mesa, pues sin estas no podía disfrutar de las pocas comodi dades que tenía en el mundo; no
podía escribir, comer, ni hacer muchas cosas a gusto sin una mesa.
Así, pues, me puse a trabajar y aquí debo señalar que, puesto que la razón es la sustancia y origen de las
matemáticas, todos los hombres pueden hacerse expertos en las ar tes manuales si utilizan la razón para
formular y encuadrar todo y juzgar las cosas racionalmente. Nunca en mi vida había utilizado una
herramienta, mas con el tiempo, con trabajo, empeño e ingenio descubrí que no había nada que no pudiera
construir, en especial, si tenía herramientas; y hasta llegué a hacer un montón de cosas sin herramientas,
algunas de ellas, tan solo con una azuela y un hacha, como, seguramente, nunca se habrían hecho antes; y
todo ello con infinito esfuerzo. Por ejemplo, si quería un tablón, no tenía más remedio que cortar un árbol,
colocarlo de canto y aplanarlo a golpes con mi hacha por ambos lados, hasta convertirlo en una plancha y,
después, pulirlo con mi azuela. Es cierto que con este procedimiento solo podía obtener una tabla de un
árbol completo pero no me quedaba otra alternativa que ser paciente. Tampoco tenía solución para el
esfuerzo y el tiempo que me costaba hacer cada plancha o tablón; mas como mi tiempo y mi trabajo valían
muy poco, estaban bien empleados de cualquier forma.
Con todo, según expliqué anteriormente, primero me hice una mesa y una silla con las tablas pequeñas
que traje del barco en mi balsa. Más tarde, después de fabricar algu nas tablas, del modo que he dicho, hice
unos estantes largos, de un pie y medio de ancho, que puse, uno encima de otro, a lo largo de toda mi cueva
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