29
El Orinoco nace en la sierra de Parima, cerca de la frontera brasileña, bordea las Guyanas, pasa entre
Colombia y Venezuela, sirviendo de frontera entre ambos países, atraviesa Venezuela de oeste a este y
desem boca en el Atlántico por varios brazos, formando un extenso delta de 2.063 kilómetros.


Mi opinión era totalmente opuesta a la del capitán. Nos pusimos a estudiar las cartas de la costa
americana y llegamos a la conclusión de que no había ninguna tierra habita da, hacia la cual pudiéramos
dirigirnos, antes de llegar a la cuenca de las islas del Caribe30 . Así, pues, decidimos dirigirnos hacia
Barbados31 , manteniéndonos en alta mar, para evitar las corrientes de la bahía o golfo de México32 . De esta
forma, esperábamos llegar a la isla en quince días, ya que no íbamos a ser capaces de navegar hasta la costa
de África sin recibir ayuda para la nave y para nosotros mismos.


30
Las islas del Caribe o Antillas son un archipiélago de América central, situado en el mar Caribe. Se
divide en Antillas Mayores (Puerto Rico, La Española -compuesta por Haití y la República Dominicana-, y
Cuba) y Antillas Menores (que se extienden en un semicírculo formado por las islas que conforman
Barlovento y Sotavento). De acuerdo con la narración, el barco se hallaba al este de la isla de Trinidad,
situada frente a la costa nororiental de Venezuela.
31
Barbados está al norte de Trinidad y al este de las islas de Barlovento. Es la más oriental de las Antillas
Menores.
32
El Golfo de México es un mar interior del Atlántico, limitado por las costas de América del Norte,
México y Cuba.


Con esta intención, cambiamos el rumbo y navegamos en dirección oeste-noroeste para llegar a alguna
de las islas inglesas, donde esperábamos encontrar ayuda. Pero nues tro viaje estaba previsto de otro modo.
A los doce grados dieciocho minutos de latitud, nos encontramos con una segunda tormenta, que nos llevó
hacia el oeste, con la misma intensidad que la anterior, y nos alejó tanto de la ruta comercial humana, que si
lográbamos salvarnos de morir en el mar, con toda probabilidad, seríamos devorados en tierras de salvajes
y no podríamos regresar a nuestro país.
Nos hallábamos en esta angustiosa situación y el viento aún soplaba con mucha fuerza, cuando uno de
nuestros hombres gritó «¡Tierra!». Apenas salíamos de la cabina, deseosos de ver dónde nos
encontrábamos, el barco se encalló en un banco de arena y se detuvo tan de golpe, que el mar se lanzó
sobre nosotros, y nos abatió con tal fuerza, que pensamos que moriríamos al instante. Ante e nos
sto,
apresuramos a ponernos bajo cubierta para protegernos de la espuma y de los embates del mar.
No es fácil, para alguien que nunca se haya visto en semejante situación, describir o concebir la
consternación de los hombres en esas circunstancias. No teníamos idea de dónde nos hallábamos, ni de la
tierra a la que habíamos sido arrastrados. No sabíamos si estábamos en una isla o en un continente, ni si
estaba habitada o desierta. El viento, aunque había disminuido un poco, soplaba con tanta fuerza, que no
podíamos confiar en que el barco resistiría unos minutos más sin desbaratarse, a no ser que, por un milagro
del cielo, el viento amainara de pronto. En pocas palabras, nos quedamos mirándonos unos a otros,
esperando la muerte en cualquier momento. Todos actuaban como si se prepararan para el otro mundo,
pues no parecía que pudiésemos hacer mucho más. Nuestro único consuelo era que, contrario a lo que
esperábamos, el barco aún no se había quebrado, y, según pudo observar el capitán, el viento comenzaba a
dis minuir.
A pesar de que, al parecer, el viento empezaba a ceder un poco, el barco se había encajado tan
profundamente en la arena, que no había forma de desencallarlo. De este modo, nos hallábamos en una
situación tan desesperada, que lo único que podíamos hacer era intentar salvar nuestras vidas, como mejor
pudiéramos. Antes de que comenzara la tormenta, llevábamos un bote en la popa, que se desfondó cuando
dio contra el timón del barco. Poco después se soltó y se hundió, o fue arrastrado por el mar, de modo que
no podíamos contar con él. Llevábamos otro bote a bordo pero no nos sentíamos capaces de ponerlo en el
agua. En cualquier caso, no había tiempo para discutirlo, pues nos imaginábamos que el barco se iba a
desbaratar de un momento a otro y algunos decían que ya empezaba a hacerlo.
En medio de esta angustia, el capitán de nuestro barco echó mano del bote y, con la ayuda de los demás
hombres, logró deslizarlo por la borda. Cuando los once que íbamos nos hubimos metido todos dentro, lo
soltó y nos encomendó a la misericordia de Dios y de aquel tempestuoso mar. Pese a que la tormenta había

19