-Si los salvajes vienen y me comen, tú escapas.
-Entonces, Xury -le dije -, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, así, no se comerán a
ninguno de los dos.
Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro tra go de la caja de botellas del amo, que mencioné
anteriormente. Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos pareció prudente y nadamos hasta la playa,
sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua.
Yo no quería perder de vista el bote, porque temía que los salvajes vinieran en sus canoas río abajo. El
chico, que había visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se enca minó hacia allí y, al poco
tiempo, regresó corriendo hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje, o que se había asustado al ver
alguna bestia y corrí hacia él para socorrerle. Mas cuando me acerqué, vi que traía algo colgando de los
hombros, un animal que había cazado, parecido a una liebre pero de otro color y con las patas más largas.
Esto nos alegró mucho, porque parecía buena carne. Pero lo que en realidad alegró al pobre Xury fue darme
la noticia de que había encontrado agua fresca y no había visto ningún salvaje.
Poco después, descubrimos que no teníamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco
más arriba del estuario en el que estábamo s, había un pequeño torren te del que manaba agua fresca cuando
bajaba la marea. Así, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habíamos
cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en
aquella parte de la región.
Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo
Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que
estábamos, ni sabía con certeza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia
dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil
encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si permanecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde
traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera
dispuesta a ayudarnos. Según mis cálculos más exactos, el lugar en el que nos encontrábamos debía estar en
la región que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhóspitos dominios de los
negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una región abandonada por los negros, que se trasladaron
al sur por miedo a los moros; y por estos últimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a
causa de su desolación. En resumidas cuentas, unos y otros la habían abandonado por la gran cantidad de
tigres, leones, leopardos y demás fieras que allí habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar,
actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Así, pues, en cien millas a lo largo de la
costa, no vimos más que un vasto territorio desierto de día, y, de noche, no escuchamos más que aullidos y
rugidos de bestias salvajes.
Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife 22 , que es el pico más alto de las
montañas de Tenerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aven turarme con la esperanza de
llegar allí y, en efecto, lo intenté dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi
pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme
cerca de la costa.
22
Se refiere al Teide, que está en el centro de la isla de Tenerife y se eleva 3.718 metros sobre el nivel
del mar. En 1737, aún era el pico más alto escalado por el hombre y el New Geographical Dictionary le
atribuía 24.000 metros de altura.
Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una
de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pe queño promontorio, bastante elevado, y
allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase. Xury, cuyos ojos parecían
estar mucho más atentos que los míos, me llamó suavemente y me dijo que retrocediéramos:
-Mira allí -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina.
Miré hacia donde apuntaba y, ciertamente, vi un monstruo terrible, pues se trataba de un león inmenso
que estaba, echado a la orilla de la playa, bajo la sombra de la parte so bresaliente de la colina, que parecía
caer sobre él.
-Xury -le dije-, debes ir a la playa y matarlo.
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