sus pistolas, pues todos llevábamos un fusil y dos pistolas. De esta forma, podíamos disparar seis veces
utilizando tan sólo la mitad de las fuerzas. No obstante, descubrimos que no teníamos por qué preocuparnos
pues, al primer disparo, los lobos se detuvieron en seco, asustados tanto por el fuego como por las
explosiones. Cuatro de ellos murieron de sendos disparos en la cabeza y otros apenas fueron heridos pero
salieron huyendo, dejando las manchas de su sangre en la nieve. Me di cuenta de que se detenían pero no se
retiraban y, recordando que una vez me habían dicho que nada ahuyentaba a las fieras como la voz humana,
ordené a mi gente que gritara lo más fuertemente que pudiese. Comprobé que el consejo era acertado, pues,
en el acto, los lobos comenzaron a retroceder y marcharse. Entonces, aprovechamos la oportunidad para
dis pararles nuevamente, lo que los obligó a huir y esconderse en el bosque.
Esto nos permitió recargar las armas y, a fin de no perder tiempo, proseguimos nuestra marcha. Mas no
bien habíamos recargado nuestros fusiles y nos habíamos puesto en guardia, escuchamos un estruendo en
medio del bosque hacia nuestra izquierda, un poco más adelante, en el mismo camino que debíamos seguir.
La noche se aproximaba y la luz comenzaba a menguar, lo cual empeoraba las cosas. Como el ruido
aumentaba, nos dábamos cuenta de que se trataba de los aullidos de aquellas criaturas diabólicas. De
pronto, vimos tres tropas de lobos, una a nuestra izquierda, otra a nuestras espaldas y una tercera delante de
nosotros, que nos rodeaban. No obstante, no avanzaban en nuestra dirección y, por tanto, seguimos el
camino tan rápidamente como podían nuestros caballos, es decir, a trote, pues el camino era muy escabroso
y no nos permitía ir más de prisa. De este modo, llegamos hasta la entrada del bosque por el que teníamos
que cruzar, al final de la llanura. Mas no bien comenzamos a acercarnos a la senda, nos sorprendió una
jauría de lobos, que aguardaba justo a la entrada.
De pronto, escuchamos un disparo que provenía de la otra entrada del bosque. Cuando miramos en esa
dirección, vimos un caballo con su silla y sus bridas, que corría como el viento, perseguido a toda velocidad
por dieciséis o diecisiete lobos. Los lobos iban pisándole los cascos y el pobre animal, con toda seguridad,
sería incapaz de aguantar un galope tan veloz y, finalmente, los lobos lo alcanzarían y lo devorarían; como,
en efecto, ocurrió.
Entonces vimos un espectáculo aterrador, pues en la entrada del bosque por la que había salido aquel
caballo, encontramos los restos de otro caballo y dos hombres que ha bían sido devorados por los lobos. Sin
duda, uno de ellos era quien había disparado porque, junto a su cuerpo, estaba el fusil descargado. La
cabeza y la parte superior de su cuerpo, ya habían sido devoradas.
Esto nos dejó espantados y sin saber el rumbo que debíamos tomar pero los lobos pusieron fin a nuestras
dudas, pues comenzaron a rodearnos, para atacarnos. Estoy segu ro de que serían más de trescientos lobos.
Por suerte, a la salida del bosque, hallamos unos grandes árboles cortados el verano anterior y,
seguramente, dejados allí para ser transportados más tarde. Dirigí mi pequeño ejército hacia estos árboles y
nos colocamos en línea detrás de uno de ellos. Les ordené desmontar y atrincherarse detrás del tronco del
árbol, formando un triángulo para poder atacar por tres frentes y mantener los caballos en el centro.
Así lo hicimos, e hicimos bien, pues jamás se había visto un ataque más feroz que el que nos hicieron
aquellas criaturas en ese lugar. Avanzaron hacia nosotros aullando y subie ron a los troncos que, como he
dicho, nos servían de parapeto, como si fueran a atacar a una presa. Esta furia, al parecer, había sido
ocasionada por la vis ta de los caballos, que estaban a nuestras espaldas y eran la presa que más les inte-
resaba. Les ordené a mis hombres disparar como lo habíamos hecho la vez anterior. Apuntaron tan bien,
que mataron varios en la primera descarga. Mas había que seguir disparando, pues avanzaban hacia
nosotros como demonios y los que estaban atrás empujaban a los de adelante.
Cuando disparamos por segunda vez, pensamos que se habían detenido un poco y que huirían, pero no
fue así, porque otros vinieron al ataque, de manera que nos vimos obli gados a disparar nuestras pistolas
dos veces más. Supongo que, en las cuatro descargas, logramos matar a diecisiete o dieciocho y herir al
doble, pero los animales volvían al ataque una y otra vez.
No quería gastar nuestro último disparo a la ligera, así que llamé a mi criado, no a Viernes, que ya estaba
lo suficientemente ocupado, pues con la mayor destreza imagina ble había recargado mi fusil y el suyo
mientras disparábamos, sino al otro criado, a quien le di un cuerno de pólvora y le ordené que la esparciera
a lo largo del tronco más grueso. Así lo hizo y, no bien había regresado, cuando los lobos se dispusieron a
atacar por ese lado; algunos, incluso, llegaron a saltar sobre el tronco. Entonces, apuntando con la pistola
sobre la pólvora esparcida, disparé. La pólvora se incendió y todos los que estaban encima del tronco se
quema ron y seis o siete cayeron, saltaron, más bien, por la intensidad del fuego. A estos los liquidamos en
un momento y los demás, se asustaron tanto con el resplandor de la explo sión, más intenso por la oscuridad
de la noche, que se retiraron un poco.

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