Semejante regalo no parecía destinado a alguien que iba a embarcarse con ellos, sino a cualquiera que fuese
a permanecer largo tiempo en la isla.
En primer lugar, me trajeron una caja de botellas do un excelente licor, seis botellas de dos cuartos de
vino de Madeira, dos libras de un excelente tabaco, doce trozos de carne, seis trozos de cerdo, una bolsa de
guisantes y casi cien libras de galletas.
También me trajeron una caja de azúcar, otra de harina, una bolsa de limones, dos botellas de zumo de
lima y un montón de cosas más. Aparte de esto, me dio algo mil veces más útil: seis camisas nuevas, seis
corbatas estupendas, dos pares de guantes, un par de zapatos, un sombrero, un par de calcetines y una de
sus chaquetas, que había usado muy poco. En pocas palabras, me vistió de pies a cabeza.
Era un regalo generoso y agradable para alguien en mis circunstancias. No obstante, al principio, cuando
me puse las ropas me parecieron incómodas, extrañas y desagradables.
Después de las ceremonias, y cuando todas estas cosas maravillosas fueron transportadas a mi pequeña
vivienda, comenzamos a debatir qué hacer con los prisioneros, pues teníamos que decidir si los llevaríamos
con nosotros, en especial a dos de ellos, que eran incorregibles y obstinados en extremo. El capitán dijo que
eran unos bandidos y que no teníamos ninguna obligación hacia ellos, por lo que, si los llevábamos, sería
encadenados, como a malhechores, para entregarlos a la justicia en la primera colonia inglesa que to-
cáramos. No obstante, me di cuenta de que el capitán se sentía intranquilo con la idea.
A esto le respondí que, si lo deseaba, yo me atrevía a ir a por los dos hombres de los que hablaba y
preguntarles si estaban dispuestos a quedarse en la isla.
-Esto me parece muy bien -dijo el capitán.
-Bien -le dije -, mandaré a buscarlos y hablaré con ellos en su nombre.
Mandé a Viernes y a los dos rehenes, que habían sido puestos en libertad por la buena gestión de sus
compañeros, a que fueran a la cueva, condujeran a los cinco hombres prisioneros hasta la casa de campo y
los retuvieran allí hasta que yo llegara.
Al poco rato volví hasta allí, vestido con mis nuevas ropas y habiendo tomado otra vez el título de
gobernador. Cuando estuvimos todos reunidos y con el capitán a mi lado, ordené que trajeran a los
prisioneros ante mí y les dije que estaba al tanto de su malvada conducta hacia el capitán y de la forma en
que habían tomado el barco con la intención de cometer nuevas fechorías, si la Providencia no los hubiese
echo caer en el mismo foso que habían cavado para otros.
Les dije que el barco había sido tomado por órdenes mías, que por eso estaba en la rada y que dentro de
poco verían la recompensa que había recibido su rebelde capitán, que estaba colgado del palo mayor.
Les pregunté si tenían algo que alegar para que yo no ordenase su ejecución cómo piratas cogidos en el
acto del delito, conforme con la autoridad que me había sido conferida.
Uno de ellos contestó, en nombre del resto, que no tenían nada que alegar, salvo que el capitán les había
prometido perdonarles la vida cuando los tomó prisioneros, por lo que, humildemente, imploraban mi
clemencia. Les dije que no creía que debía tener ninguna clemencia con ellos pero que había decidido
abandonar la isla con todos mis hombres y embarcarme con el capitán rumbo a Inglaterra. Como el capitán
no podía llevarlos a Inglaterra si no era encadenados como prisioneros para ser enjuiciados por el motín y
el hurto del barco, tan pronto llegasen allí, serían condenados a la horca, como bien sabían. Les pregunté si
estarían dis puestos a quedarse en la isla, lo cual me parecía lo rriejor para ellos, y les comuniqué que no me
importaba que lo hicieran, ya que yo tenía libertad de abandonarla. Puesto que me sentía inclinado a
perdonarles la vida, si ellos pensaban que podían sobrevivir aquí, lo haría de grado.
Se mostraron muy agradecidos por esto y dijeron que preferían quedarse en la isla antes que ser
conducidos a Inglaterra para ser ahorcados, de modo que accedí en este tema.
No obstante, el capitán comenzó a presentar ciertas objeciones, como si no se atreviese a dejarlos aquí.
Me mostré un poco enfadado con el capitán y le dije que eran prisione ros míos y no suyos; que
habiéndoles perdonado, no podía faltar a mi palabra; que si no estaba de acuerdo con esto, los pondría en
libertad, tal cual los había encontrado; y que si esto no le parecía bien, podía arrestarlos si lograba
capturarlos.
Ante esto, todos se mostraron muy agradecidos. En consecuencia, los puse en libertad y les dije que se
retiraran al lugar del bosque de donde habían venido y que yo les daría armas, municiones e instrucciones
para vivir cómodamente, si esto les parecía bien.

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