para que pareciera que estaba allí por orden del amo. Me llevé también un bloque de cera qué pesaba más
de cincuenta libras, un rollo de bramante o cuerda, un hacha, una sierra y un martillo, que me fueron de
gran utilidad posteriormente, sobre todo la cera, para hacer velas. Le tendí otra trampa, en la cual cayó con
la misma ingenuidad. Su nombre era Ismael pero lo llamaban Muly o Moley.
-Moley -le dije-, las armas de nuestro amo están a bordo del bote, ¿no podrías traer un poco de pólvora y
mu niciones? Tal vez podamos cazar algún alcamar (un ave pa recida a nuestros chorlitos). Sé que el patrón
guarda las mu niciones en el barco.
-Sí -me respondió-, traeré algunas.
Apareció con un gran saco de cuero que contenía cerca de una libra y media de pólvora, quizás más, y
otro con mu niciones, que pesaba cinco o seis libras. También trajo algu nas balas, y lo subió todo a bordo
de la chalupa. Mientras tanto, yo había encontrado un poco de pólvora en el camarote de mi amo, con la
que llené uno de los botellones de la caja, que estaba casi vacío, y eché su contenido en otra botella. De este
modo, abastecidos con todo lo necesario, salimos del puerto para pescar. Los del castillo, que estaba a la
entrada del puerto, nos conocían y no nos prestaron atención.
A menos de una milla del puerto, recogimos las velas y nos pusimos a pescar. El viento soplaba del
norte-noreste, lo cual era contrario a lo que yo deseaba, ya que si hubiera soplado del sur, con toda
seguridad nos habría llevado a las costas de España, por lo menos, a la bahía de Cádiz. Mas estaba resuelto
a que, soplara hacia donde soplara, me ale jaría de ese horrible lugar. El resto, quedaba en manos del
destino.
Después de estar un rato pescando y no haber cogido nada, porque cuando tenía algún pez en el anzuelo,
no lo sacaba para que el moro no lo viera, le dije:
-Aquí no vamos a pescar nada y no vamos a poder complacer a nuestro amo. Será mejor que nos
alejemos un poco.
Él, sin sospechar nada, accedió y, como estaba en la proa del barco, desplegó las velas. Yo, que estaba al
timón, hice al bote avanzar una legua más y enseguida me puse a fingir que me disponía a pescar.
Entonces, entregándole el timón al chico, me acerqué a donde estaba el moro y agachándome como si fuese
a recoger algo detrás de él, lo agarré por sorpresa por la entrepierna y lo arrojé al mar por la borda.
Inmediatamente subió a la superficie porque flotaba como un corcho. Me llamó, me suplicó que lo dejara
subir, me dijo que iría conmigo al fin del mundo y comenzó a nadar hacia el bote con tanta velocidad, que
me habría alcanzado en seguida, puesto que soplaba muy poco viento. En ese momento, entré en la cabina
y cogiendo una de las armas de caza, le apunté con ella y le dije que no le había hecho daño ni se lo haría si
se quedaba tranquilo.
-Pero -le dije-, puedes nadar lo suficientemente bien como para llegar a la orilla. El mar está en calma,
así que, intenta llegar a ella y no te haré daño, pero, si te acer cas al bote, te meteré un tiro en la cabeza,
pues estoy decidido a recuperar mi libertad.
De este modo, se dio la vuelta y nadó hacia la orilla, y no dudo que haya llegado bien, porque era un
excelente nadador.
Tal vez me hubiese convenido llevarme al moro y arrojar al niño al agua, pero, la verdad es que no tenía
ninguna razón para confiar en él. Cuando se alejó, me volví al chico, a quien llamaban Xury, y le dije:
-Xury, si quieres serme fiel, te haré un gran hombre, pero si no te pasas la mano por la cara -lo cual
quiere decir, jurar por Mahoma y la barba de su padre-, tendré que arrojarte también al mar.
El niño me sonrió y me habló con tanta inocencia, que no pude menos que confiar en él. Me juró que me
sería fiel y que iría conmigo al fin del mundo.
Mientras estuvimos al alcance de la vista del moro, que seguía nadando, mantuve el bote en dirección al
mar abierto, más bien un poco inclinado a barlovento17 , para que parecie ra que me dirigía a la boca del
estrecho 18 (como en verdad lo habría hecho cualquier persona que estuviera en su sano juicio), pues, ¿quién
podía imaginar que navegábamos hacia el sur, rumbo a una costa bárbara, donde, con toda seguridad, tribus
enteras de negros nos rodearían con sus canoas para destruirnos; donde no podríamos tocar tierra ni una
sola vez sin ser devorados por las bestias salvajes, o por los hombres salvajes, que eran aún más
despiadados que estas?
17
Barlovento: De donde viene el viento.
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