Las personas lo rodearon cuando terminó de hablar. Esperé, preocupa-
da por la impresión que tendría de mí después de tantos años. Me sentía una
niña: insegura, celosa porque no conocía a sus nuevos amigos, tensa porque
prestaba más atención a los otros que a mí.
Entonces se acercó. Se puso rojo, y ya no era aquel hombre que decía
cosas importantes; volvía a ser el niño que se escondía conmigo en la ermita
de San Saturio, hablando de sus sueños de recorrer el mundo, mientras nues-
tros padres pedían ayuda a la policía pensando que nos habíamos ahogado en
el río.
-- Hola, Pilar --dijo.
Lo besé en la mejilla. Podría haberle dicho algunas palabras de elogio.
Podría haber hecho algún comentario gracioso sobre la infancia, y sobre el or-
gullo que sentía de verlo así, admirado por los demás.
Podría haberle explicado que necesitaba salir corriendo y coger el último
autobús nocturno para Zaragoza.
Podría. Jamás llegaremos a comprender el significado de esta frase.
Porque en todos los momentos de nuestra vida existen cosas que podrían
haber sucedido y terminaron no sucediendo. Existen instantes mágicos que van
pasando inadvertidos y, de repente, la mano del destino cambia nuestro uni-
verso.
Fue lo que sucedió en aquel momento. En vez de todas las cosas que yo
podía haber hecho, hice un comentario que --una semana después-- me trajo
delante de este río y me hizo escribir estas líneas.
-- ¿Podemos tomar un café? --fue lo que dije.
Y él, volviéndose hacia mí, aceptó la mano que el destino me ofrecía:
-- Siento una gran necesidad de hablar contigo. Mañana tengo una con-
ferencia en Bilbao. Voy en coche.
-- Tengo que volver a Zaragoza --respondí, sin saber que allí estaba la
última salida.
Pero, en una fracción de segundo, quizá porque volvía a ser una niña,
quizá porque no somos nosotros los que escribimos los mejores momentos de
nuestras vidas, dije:
-- Es el puente de la Inmaculada. Puedo acompañarte hasta Bilbao, y
regresar desde allí.
Tenía el comentario sobre el «seminarista» en la punta de la lengua.
-- ¿Quieres preguntarme algo? --dijo él, notando mi expresión.
-- Sí --traté de disimular--. Antes de la conferencia, una mujer dijo que
le estabas devolviendo lo que era de ella.
-- Nada importante.

12