--No había naranjas --dijo-- y no había plátanos. Y estoy muy cansado.
Se echó.
--Ven a probarte tu precioso abrigo nuevo de piel de león --dijo Truco.
--A la porra esa vieja piel --exclamó Cándido--, me la probaré en la
mañana. Estoy demasiado cansado esta noche.
--Eres bien poco amable, Cándido --dijo Truco--. Si tú estás cansado, ¿cómo
crees que estoy yo? Todo el día, mientras tú te dabas un delicioso y refrescante
paseo por el valle, yo he estado trabajando sin parar para hacer tu abrigo. Mis
manos están tan cansadas que apenas puedo sujetar las tijeras. Y ni siquiera me
dices gracias... y ni siquiera miras el abrigo... y no te importa... y... y.
--Mi querido Truco --exclamó Cándido, incorporándose de inmediato--, lo
siento tanto. Me he portado pésimo. Claro que me encantará probármelo. Y se ve
simplemente maravilloso. Pruébamelo ya, por favor.
--Bien, quédate quieto, entonces --dijo el Mono.
La piel era demasiado pesada para que pudiera levantarla, pero al final, con
una cantidad de tirones y empujones y jadeos y resoplidos, logró ponérsela encima
al burro. La amarró por debajo del cuerpo de Cándido y ató las piernas a las
piernas de Cándido y la cola a la cola de Cándido. Se podía ver una buena parte de
la nariz y cara color gris de Cándido a través del hocico abierto de la cabeza del
león. Nadie que hubiese visto un león verdadero se habría dejado engañar ni por
un instante. Pero si alguien que no hubiese visto jamás un león viera a Cándido
con su piel de león, podría confundirlo con un león, si es que no se acercaba
demasiado, y si la luz no era muy clara, y si Cándido no dejaba escapar un
rebuzno ni hacía algún ruido con sus cascos.
--Te ves fantástico, fantástico --exclamó el Mono--. Si alguien te viera ahora
creería que eres Aslan, el Gran León en persona.
--Eso sería tremendo --dijo Cándido.
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