mismo Tarkaan. La fogata (lo que quedaba de ella) estaba justo al frente. De hecho
se encontraba peleando en el propio portal del Establo, pues éste estaba abierto y
dos calormenes sujetaban la puerta, listos para cerrarla de un portazo en cuanto él
estuviese dentro. Ahora recordó todo, y se dio cuenta de que el enemigo lo había
estado acercando al Establo a propósito desde el comienzo del combate. Y
mientras pensaba esto, luchaba con el Tarkaan encarnizadamente.
Una nueva idea se le vino a la cabeza. Dejó caer su espada, se lanzó por
debajo de la curva de la cimitarra del Tarkaan, cogió a su enemigo del cinturón
con ambas manos, y saltó hacia atrás dentro del Establo, gritando:
-- ¡Ven para que conozcas tú también a Tash!
Hubo un ruido ensordecedor. Como cuando arrojaron dentro al Mono, la
tierra tembló y brilló una luz enceguecedora.
Los soldados calormenes que se encontraban afuera aullaban, "¡Tash, Tash!"
y cerraron de un portazo. Si Tash quería a su propio capitán, Tash lo tendría. Ellos
por ningún motivo querían conocer a Tash.
Durante uno o dos segundos Tirian no supo dónde estaba ni siquiera quién
era. Luego se calmó, parpadeó, y miró en rededor. No estaba oscuro dentro del
Establo, como él esperaba. Había una luz muy fuerte; por eso había parpadeado.
Se volvió para mirar a Rishda Tarkaan, pero Rishda no lo miraba a él. Rishda
dejó escapar un gran gemido y señaló algo; luego se tapó la cara con las manos y
cayó de cabeza al suelo. Tirian miró en la dirección señalada por el Tarkaan. Y
entonces comprendió.
Un personaje terrible se acercaba a ellos. Era mucho más bajo que lo que
habían visto desde la Torre, aunque aún mucho más grande que un hombre, y era
el mismo ser. Tenía cabeza de buitre y cuatro brazos. Su pico estaba abierto y sus
ojos centelleaban. Un graznido salió de su pico.
--Vos me habéis llamado a Narnia, Rishda Tarkaan. Aquí estoy. ¿Qué tenéis
que decirme?
Pero el Tarkaan no levantó la cabeza del suelo ni dijo una sola palabra. Se
estremeció como un hombre con un ataque de hipo. Era muy valiente en la batalla,
pero la mitad de su valor lo había abandonado mucho antes esa noche cuando
empezó a sospechar que podría existir un verdadero Tash. El resto lo acababa de
abandonar ahora.
Con un súbito sacudón, como una gallina que se encorva para recoger una
lombriz, Tash se abalanzó encima del desdichado Rishda y se lo puso debajo de
sus dos brazos izquierdos. Después Tash volvió la cabeza hacia un lado para fijar
en Tirian uno de sus feroces ojos, porque, por supuesto, teniendo cabeza de pájaro,
no podía mirarte de frente.
Mas de inmediato, desde atrás de Tash, fuerte y serena como un mar de
verano, una voz dijo:
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