cegándolo. Después se hundió totalmente por unos pocos segundos, y cuando
volvió a salir a la superficie, se encontró en otro lugar de la Poza. Luego lo cogió el
remolino y lo arrastró cada vez más y más rápido hasta llevarlo justo bajo la
catarata, y la fuerza del agua lo sumergió en las profundidades, tan abajo que
creyó que jamás sería capaz de retener la respiración hasta salir otra vez. Y cuando
logró subir y cuando por fin pudo acercarse algo a la cosa que trataba de coger,
ésta se alejó de él y quedó a su vez bajo la cascada y se hundió hasta el fondo.
Cuando emergió de nuevo se encontraba más lejos que nunca. Pero por fin,
cuando ya se sentía muerto de cansancio, lleno de magullones y entumecido de
frío, logró atrapar la cosa con sus dientes. Y salió arrastrándola delante de él y sus
cascos se enredaban con ella, porque la cosa era tan grande como una alfombra de
esas que se colocan frente a la chimenea, y estaba muy pesada y fría y llena de
fango.
La tiró al suelo a los pies de Truco y se quedó parado chorreando en agua y
tiritando y tratando de recuperar el aliento. Pero el Mono ni lo miró ni le preguntó
cómo se sentía. El Mono estaba demasiado ocupado paseándose alrededor de la
Cosa y extendiéndola y acariciándola y olfateándola. Luego un fulgor de maldad
brilló en sus ojos y dijo:
--Es una piel de león.
--Ee... au... au... oh, ¿eso es? --jadeó Cándido.
--Y me pregunto..., me pregunto..., me pregunto --dijo Truco para sí mismo,
pues estaba pensando con gran concentración.
--Me pregunto quién habrá matado al pobre León --dijo Cándido de
pronto--. Hay que enterrarla. Debemos hacer un funeral.
--¡Oh, no era un León que Habla! --dijo Truco--. No te preocupes por eso.
No hay Bestias que Hablan allá arriba detrás de las Cataratas, allá en las Tierras
Vírgenes del Oeste. Esta piel debe haber pertenecido a un león mudo y salvaje.
Esto era, por lo demás, muy cierto. Meses atrás un cazador, un hombre, había
matado y desollado a este león en algún lugar de las Tierras Vírgenes del Oeste.
Pero eso no tiene nada que ver con esta historia.
--De todos modos, Truco --dijo Cándido--, aunque la piel haya pertenecido
a un león mudo y salvaje, ¿no deberíamos enterrarla decentemente? Quiero decir,
¿no son todos los leones algo..., bueno, algo bastante solemne? Debido a tú sabes
Quién. ¿No lo crees?
--No te estés metiendo ideas en la cabeza, Cándido --advirtió Truco--.
Porque, ya lo sabes, el pensar no es tu fuerte. Haremos de esta piel un elegante y
cálido abrigo para ti.
--¡Oh, no creo que me guste! --protestó el Burro--. Parecería..., es decir, los
demás animales podrían creer..., quiero decir, no me sentiría...
--¿De qué estás hablando? --dijo Truco, rascándose al revés, como hacen los

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