erguida. Jill casi se puso a llorar cuando miró su cara. Y Alhaja susurró en el oído
del Rey: "Por la Melena del León, casi siento cariño por este joven guerrero,
aunque sea calormene. Se merece un dios mejor que Tash".
--Me gustaría tanto saber lo que hay realmente ahí dentro --dijo Eustaquio.
Emeth abrió la puerta y entró a la negra boca del Establo. Cerró la puerta
detrás de él. Pasaron sólo unos pocos momentos, pero que parecieron mucho más
largos, antes de que la puerta se abriera nuevamente. Una figura con armadura
calormene salió con paso vacilante, cayó de espaldas y quedó inmóvil; la puerta se
cerró detrás suyo. El capitán dio un salto hacia adelante y se inclinó a mirar su
cara. Hizo un gesto de sorpresa. Luego se recuperó y volviéndose hacia la
multitud, gritó:
--El muchacho imprudente ha cumplido su voluntad. Ha mirado a Tash y ha
muerto. Que les sirva de advertencia a todos ustedes.
--Nos servirá, nos servirá --dijeron las pobres Bestias.
Mas Tirian y sus amigos contemplaron primero al calormene muerto y luego
se miraron unos a otros. Porque ellos, como estaban tan cerca, pudieron ver lo que
la multitud, que se encontraba muy alejada y detrás del fuego, no pudo ver: este
hombre muerto no era Emeth. Era muy distinto: un hombre más viejo, más
robusto y no tan alto, con una larga barba.
--Jo, jo, jo --rió el Mono burlonamente--. ¿Alguien más? ¿Nadie quiere
entrar? Bueno, como son tan tímidos, yo escogeré al próximo. ¡Tú, tú Jabalí! Ven
para acá. Tráiganlo, calormenes. El verá a Tash cara a cara.
--Animo --gruñó el Jabalí, levantándose pesadamente--. Vengan, pues.
Prueben mis colmillos.
Cuando Tirian vio a aquel valiente Jabalí dispuesto a luchar por su vida, y a
los soldados calormenes cercándolo con sus cimitarras desenvainadas, y vio que
nadie iba en su ayuda, algo pareció estallar dentro de él. No le importó más si era
el mejor momento para intervenir o no.
--Afuera las espadas --susurró a los otros--. La flecha en el arco. Síganme.
En seguida, los atónitos narnianos vieron siete personajes que se lanzaban
hacia adelante frente al Establo, cuatro de ellos vestidos con relucientes mallas. La
espada del Rey relampagueaba a la luz del fuego al blandirla por sobre su cabeza,
mientras gritaba con voz potente:
--Aquí estoy yo, Tirian de Narnia, en el nombre de Aslan, para probar
personalmente que Tash es un pestilente demonio, el Mono un consumado traidor,
y que estos calormenes merecen la muerte. Pónganse a mi lado todos los
verdaderos narnianos. ¿Van a esperar hasta que sus nuevos amos los hayan
matado uno tras otro?
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