--¿Qué será qué? --preguntó Cándido.
--Esa cosa amarilla que acaba de bajar por la catarata. ¡Mira! Ahí va de
nuevo, está flotando. Tenemos que saber qué es.
--¿Es preciso? --dijo Cándido.
--Claro, es preciso --repuso Truco--. Podría ser algo que nos sirva. Lo único
que tienes que hacer es saltar dentro de la Poza como un buen chico y sacarlo.
Entonces podremos darle una mirada.
--¿Meterme a la Poza? --dijo Cándido, moviendo nerviosamente sus largas
orejas.
--¿Y de qué otra forma vamos a sacarlo si no lo haces? --dijo el Mono.
--Pero..., pero --balbuceó Cándido--, ¿no sería mejor que fueras tú? Porque
ya ves que eres tú el que quiere saber qué es eso, yo no mucho. Y tú tienes manos,
además. Eres hábil como cualquier hombre o enano cuando se trata de coger cosas.
Yo sólo tengo mis pezuñas.
--Realmente, Cándido --dijo Truco--. Jamás pensé que podrías decir algo
semejante. No lo esperé de ti, realmente.
--¿Por qué? ¿Qué he dicho para ofenderte? --dijo el Asno, hablando en tono
más humilde, pues se dio cuenta de que Truco estaba profundamente ofendido--.
Sólo quería decir que...
--Pretender que yo me meta al agua --dijo el Mono--. ¡Como si no supieras
perfectamente bien lo débil que los simios tenemos el pecho y lo fácilmente que
nos resfriamos! Muy bien. Me meteré. Ya tengo suficiente frío con este viento
atroz. Pero me meteré. Moriré, probablemente. Y entonces te arrepentirás.
Y la voz de Truco sonó como si estuviera al borde de romper en lágrimas.
--Por favor, no lo hagas, por favor no, por favor no --dijo Cándido, mitad
rebuznando y mitad hablando--. Nunca pretendí nada así, Truco, te juro que no.
Sabes lo estúpido que soy y que no puedo pensar más de una cosa a la vez. Había
olvidado lo delicado de tu pecho. Claro que seré yo quien entre en la poza. No
debes ni pensar en hacerlo tú. Prométeme que no lo harás, Truco.
De modo que Truco lo prometió y Cándido se fue, haciendo sonar clopeticlop
sus cuatro cascos por el borde rocoso de la Poza, en busca de un lugar por donde
poder penetrar. Incluso sin considerar el frío, no era ningún chiste meterse en esa
agua temblorosa y espumante, y Cándido tuvo que detenerse tiritando por un
momento antes de decidirse a hacerlo. Pero entonces Truco le gritó desde atrás:
--Quizás sea mejor que vaya yo después de todo, Cándido.
Y cuando Cándido lo escuchó, dijo:
--No, no. Tú prometiste. Ahora me meto.
Y entró.
Una gran masa de espuma le golpeó la cara y le llenó la boca de agua,
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