después se levantó nuevamente, acercó su boca al oído de Tirian y dijo en un
susurro casi inaudible: "Arrodíllate. Te ve mejor" Ella dijo te en vez de se no
porque ceceara, sino porque sabía que el silbido de la letra S en un susurro es lo
que se escucha con mayor facilidad. Tirian se echó al suelo de inmediato, casi tan
silenciosamente como Jill, aunque no tanto, pues era más pesado y de más edad. Y
cuando estaban en el suelo, se dio cuenta de que desde esa posición podía ver la
punta de la colina nítidamente contra el cielo cuajado de estrellas. Dos formas
negras se perfilaban contra él: una era el establo, y la otra, a unos pocos metros
frente a él, era un centinela calormene. Hacía una vigilancia bastante pobre: no se
paseaba, ni siquiera estaba de pie, sino sentado con su lanza encima del hombro y
la barbilla apoyada en su pecho. "¡Bravo!", dijo Tirian a Jill. Ella le había mostrado
exactamente lo que necesitaba saber.
Se incorporaron y ahora Tirian tomó la delantera. Muy lentamente, casi sin
atreverse a respirar, hicieron su camino de ascenso hasta un pequeño grupo de
árboles que se encontraba a unos quince metros del centinela.
--Esperen aquí hasta que yo vuelva --murmuró dirigiéndose a los otros
dos--. Si fracaso, huyan.
Luego empezó a pasearse descaradamente a plena vista del enemigo. El
hombre se asustó al verlo y trato de ponerse rápidamente de pie; temía que Tirian
fuera uno de sus propios oficiales y que se vería metido en un lío por estar
sentado. Pero antes de que pudiera levantarse, Tirian se había arrodillado a su
lado, diciéndole:
--¿Eres un guerrero del Tisroc, que viva para siempre? Alegra mi corazón el
encontrarte en medio de estas bestias y demonios de Narria. Dame tu mano,
amigo.
Antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, el centinela calormene
sintió su mano derecha asida en un poderoso apretón. En un instante alguien se
hincaba sobre sus piernas y un puñal se apoyaba en su garganta.
--Un ruido y seréis hombre muerto --dijo Tirian en su oído--. Dime dónde
está el Unicornio y viviréis.
--De... detrás del establo. ¡Oh, mi amo! --tartamudeó el infeliz.
--Bien. Levántate y condúceme a él.
En tanto el hombre se incorporaba, el puñal no dejó nunca de apuntar a su
garganta. Sólo se movió (helado y un poco cosquilleante) cuando Tirian se puso
detrás de él y lo acomodó en un lugar adecuado bajo su oreja. Temblando se
dirigió a la parte de atrás del establo.
A pesar de la oscuridad, Tirian pudo ver inmediatamente la blanca silueta de
Alhaja.
--¡Silencio! --exclamó--. No, no relinches. Sí, Alhaja, soy yo. ¿Cómo te
ataron?

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