Entonces, casi sin saber lo que hacía, gritó de súbito, a toda voz:
--¡Niños! ¡Niños! ¡Amigos de Narnia! Rápido. Vengan a mí. ¡A través de los
mundos los llamo; yo, Tirian, Rey de Narnia, Señor de Cair Paravel y Emperador
de las Islas Desiertas!
Y de inmediato se hundió en un sueño (si es que fue un sueño) más vívido
que cualquiera que hubiera tenido en su vida.
Le pareció estar en una sala iluminada donde siete personas se hallaban
sentadas alrededor de una mesa. Parecía que recién hubieran terminado su
comida. Dos de ellos eran muy viejos, un anciano de blanca barba y una anciana
de ojos vivos, alegres y risueños. El que estaba sentado a la derecha del anciano no
era aún un adulto, seguramente más joven que Tirian, pero su semblante ya tenía
la prestancia de un rey y de un guerrero. Y podías decir prácticamente lo mismo
del otro joven que se sentaba a la derecha de la anciana. Frente a Tirian, al otro
lado de la mesa, había una niña de pelo claro, más joven que estos dos, y a ambos
lados de ella, un niño y una niña más jóvenes aún. Todos estaban vestidos con lo
que le pareció a Tirian ser los vestidos más raros del mundo.
Pero no tuvo tiempo de pensar en detalles como ese, pues en un instante el
niño más joven y las dos niñas se pusieron de pie, y una de ellas lanzó un corto
grito. La anciana se sobresaltó y contuvo el aliento. El anciano debe haber hecho
algún movimiento repentino también, pues el vaso de vino que tenía en su mano
derecha fue a dar debajo de la mesa; Tirian pudo oír el tintineo que hizo al
quebrarse en el suelo.
Entonces Tirian comprendió que esa gente podía verlo a él; lo miraban como
quien ve un fantasma. Pero advirtió que el que parecía rey y que se sentaba a la
derecha del anciano no se movió siquiera (aunque se puso pálido) y sólo empuñó
firme su mano. Luego dijo:
--Habla, si no eres un fantasma o un sueño. Tienes aspecto de ser un
narniano y nosotros somos los siete amigos de Narnia.
Tirian ansiaba poder hablar, y trató de gritar fuerte que él era Tirian de
Narnia, y que necesitaba desesperadamente su ayuda. Pero se dio cuenta (como
me ha pasado a veces en los sueños a mí también) que su voz no hacía el menor
sonido.
El que le había hablado se puso de pie.
--Sombra o espíritu o lo que seas --dijo, fijando sus ojos en Tirian--. Si eres
de Narnia, te ordeno en el nombre de Aslan, háblame. Soy el gran Rey Pedro.
La sala empezó a dar vueltas ante los ojos de Tirian. Escuchó las voces de
aquellas siete personas hablando todas a la vez, y todas haciéndose cada segundo
más borrosas, diciendo cosas como "¡Mira! Se está desvaneciendo". "Se está
esfumando". "Está desapareciendo". Al minuto siguiente se encontró totalmente
despierto, todavía amarrado al árbol, más helado y entumecido que nunca. El

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