y el temor reinan en Narnia".
Sombrío. ¿Han visto, por casualidad, a algún creyente (en algo, en alguien, en cualquier cosa)
que permanezca MUDO? Su alegría, la de depositar su confianza en otro lado, la de darle crédito --
qué alivio, Dios, qué inmenso alivio-- es infinita. Y claro: el descubrimiento de lo falso imposibilita
la creencia en lo verdadero. El burro... y Aslan.
"Recuerda que todos los mundos llegan a su fin y que una muerte noble es un tesoro que
nadie es tan pobre que no pueda comprar". Tu nobleza, Centauro: el mundo está amoblado por tu
nobleza (con segunda venia de Huidobro). Y por tu agorera sabiduría de vate. Que si Edipo le
hubiera hecho caso a Tiresias, o a Layo, el padre de Edipo, otro gallo le hubiera cantado. Pero la
ceguera y la soledad eran su destino, como la muerte y el paso a la otra vida son, cómo no, el destino
de Narnia.
Apocalipsis now. El fin del mundo, por la puerta por la que todos caben, el juicio final, unos a
la izquierda, otros a la derecha y más arriba y más adentro. ¡Al corazón del corazón, al núcleo del
núcleo del amor! Por siempre. Porque llegó la hora. El Tiempo, dice Aslan, y viene la escena donde
los elementos se juntan, un Génesis invertido de cara hacia la nada, pero de espeluznante fuerza
poética, cósmica y caótica a la vez. Magnífica.
Porque el que busca encuentra, ¿verdad, Emeth?
¿Cómo, jamás, podrás olvidarlo? Tu peregrinaje, gentil calormene, calormene gentil, ha llegado
ahora a su meta.
Y de la última batalla, ¡Aslan nos libre, qué batalla! --mejor ni hablar--. Allí los cabos se
juntan. Realidad y fantasía por la muerte, que es vida eterna.
De modo que, ¡adelante! Hacia arriba y hacia adentro, a saltar cataratas, ríos y montes en pos
de la melena dorada. Al encuentro definitivo de nuestra propia, verdadera historia.
Que no es otra historia que la de la Eternidad. ¡En el nombre de Aslan!
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