--¿Cómo sabremos si estamos en la casa que sigue a la del lado?
Decidieron que debían entrar al altillo y caminar por él con pasos largos,
como los pasos que daban para cruzar por las vigas. Eso les daría una idea de
cuántas vigas había en una pieza. Añadirían unos cuatro más por el pasadizo entre
los dos desvanes de la casa de Polly, y luego la misma cantidad de pasos del altillo
para la pieza de servicio. Eso les daría el largo de la casa. Cuando hubieran
cubierto el doble de esa distancia estarían al final de la casa de Dígory; cualquiera
puerta que encontraran más allá los introduciría al desván de la casa vacía.
--Pero yo no creo para nada que esté en realidad vacía --dijo Dígory.
--¿Qué te imaginas?
--Me imagino que allí vive alguien en secreto, que entra y sale sólo de noche,
con una linterna negra. Es probable que descubramos una pandilla de peligrosos
criminales y nos ganemos una recompensa. Es una soberana tontería decir que una
casa puede estar vacía todos estos años sin que haya algún misterio de por medio.
--Mi papá cree que se debe a las alcantarillas --advirtió Polly.
--¡Puf! Los grandes siempre inventan explicaciones tan poco interesantes
--replicó Dígory.
Ahora que conversaban en el desván a la luz del día, en vez de a la luz de la
vela como en la cueva del contrabandista, les parecía mucho menos posible que la
casa vacía estuviese embrujada.
Cuando hubieron medido el altillo tuvieron que buscar lápiz y hacer una
suma. Los dos obtuvieron al principio resultados diferentes y aun cuando llegaron
a un acuerdo, no estoy muy seguro de que hubieran sacado bien las cuentas.
Estaban impacientes por comenzar la exploración.
--No hay que meter bulla --murmuró Polly, mientras trepaban hacia adentro
de nuevo por detrás de la cisterna.
Como era una ocasión tan importante, cada uno llevó una vela (Polly tenía
muchas guardadas en la cueva).
Estaba muy oscuro y polvoriento, y lleno de corrientes de aire; pasaron de
viga en viga sin decir una palabra, salvo cuando alguno murmuraba: "estamos
frente a tu desván ahora" o "debemos haber llegado a la mitad de nuestra casa". Y
ninguno tropezó ni se apagaron las velas, y por fin llegaron a un lugar donde
lograron ver una puertecita en la muralla de ladrillo, a su derecha. No tenía cerrojo
ni tirador por este lado porque, claro, la puerta había sido hecha para entrar, no
para salir; pero había un pestillo (como suele haber por dentro de la puerta de un
armario) y les pareció fácil poder hacerlo girar.
--¿La abro? --preguntó Dígory.
--Yo me atrevo si tú te atreves --dijo Polly, tal como había dicho antes.
Ambos tuvieron la sensación de que esto se ponía muy serio, pero ninguno

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