--¿No lo sabría sin que se lo pidiéramos? --preguntó Polly.
--No tengo la menor duda de que lo sabría --dijo el Caballo (todavía con la
boca llena)--. Pero tengo la idea de que a él le gusta que se lo pidan.
--Pero ¿qué diablos vamos a hacer? --preguntó Dígory.
--Te aseguro que no lo sé --replicó Volante--. A menos que pruebes la
hierba. Puede que te guste más de lo que te imaginas.
--¡No seas tonto! --exclamó Polly, pateando en el suelo--. Por supuesto que
los humanos no pueden comer hierba, así como tú no podrías comer una chuleta
de cordero.
--Por el amor de Dios no hables de chuletas y esas cosas --exclamó Dígory--.
Es para peor.
Dígory dijo que era mejor que Polly regresara a casa con su Anillo y
consiguiera algo que comer: él no podía hacerlo porque había prometido seguir sin
vacilar el encargo que le hiciera Aslan, y, si llegaba a aparecer por allá, podría
suceder algo que le impidiera regresar. Pero Polly dijo que no lo abandonaría, y
Dígory dijo que eso era tremendamente amable de su parte.
--Mira --dijo Polly--, todavía me quedan los restos de la bolsa de caramelos
en mi bolsillo. Será mejor que nada.
--Muchísimo mejor --repuso Dígory--. Pero ten cuidado y mete la mano al
bolsillo sin tocar tu Anillo.
Esa fue tarea difícil y delicada, pero se las arreglaron bien finalmente. La
bolsita de papel estaba toda aplastada y pegajosa cuando lograron sacarla, de
modo que fue más bien cuestión de despegar la bolsa de los caramelos que de
sacar los caramelos de la bolsa. Algunos adultos (tú sabes lo quisquillosos que
pueden ser acerca de este tipo de cosas) habrían preferido quedarse
definitivamente sin cenar antes que comer aquellos caramelos. Había nueve en
total. Fue Dígory el que tuvo la brillante idea de que comieran cuatro cada uno y el
noveno lo plantaran; porque, como dijo: "si la barra que arrancaron del farol se
convirtió en un arbolito de luz, ¿por qué no podría éste convertirse en un árbol de
caramelo?". De modo que hicieron un hoyo pequeño en el césped y enterraron el
pedazo de caramelo. Luego se comieron los otros, haciéndolos durar lo más
posible. Fue una comida harto pobre, a pesar de todo el papel que no pudieron
evitar comer también.
Cuando Volante terminó su excelente cena, se tendió. Los niños se acercaron
y se sentaron uno a cada lado suyo, apoyándose en su cuerpo tibio, y cuando
extendió un ala sobre cada uno de ellos, se sintieron realmente muy cómodos y
abrigados. Mientras salían las relucientes estrellas nuevas de aquel mundo nuevo,
se pusieron a conversar sobre todo lo que había ocurrido: cómo Dígory había
esperado conseguir algo para su madre y ahora, en su lugar, era enviado con esta
misión. Y se repetían unos a otros todas las señales con que reconocerían el sitio
|
|