--Muy bien --dijo la Elefanta--. Entonces, si es un árbol, es preciso plantarlo.
Hay que cavar un hoyo.
Los dos Topos arreglaron esa parte del asunto con gran rapidez. Hubo
algunas disputas acerca de la posición en que debía ser colocado el tío Andrés
dentro del hoyo, y se escapó por un pelo de que lo pusieran de cabeza. Numerosos
animales dijeron que las piernas debían ser sus ramas y que por lo tanto la cosa
gris y crespa (se referían a su cabeza) debían ser sus raíces. Pero entonces otros
opinaron que el extremo en forma de horquilla estaba más embarrado y se
extendía mejor, como deben hacerlo las raíces. Por lo cual, finalmente, fue plantado
en la posición debida. Una vez apisonada la tierra, ésta le llegó hasta más arriba de
las rodillas.
--Se ve espantosamente marchito --dijo el Burro.
--Claro que le falta un poco de riego --dijo la Elefanta--. Creo que podría
decir (sin ofender a ninguno de los presentes) que, quizás, para este tipo de trabajo,
mi nariz...
--Me opongo firmemente a esa observación --exclamó el Dogo.
Pero la Elefanta se encaminó tranquilamente hacia el río, llenó de agua su
trompa y regresó para regar al tío Andrés. El sagaz animal siguió haciendo esto
hasta que terminó de lanzarle a chorros varios galones de agua, y el agua le
escurría por los faldones de la levita como si se hubiera dado un baño con la ropa
puesta. Al final, esto lo revivió.
Despertó de su desmayo. ¡Qué despertar tuvo! Pero dejémoslo meditando
detenidamente sus pérfidas acciones (si es que era capaz de hacer algo tan sensato)
y volvamos a cosas mucho más importantes.
Fresón trotó con Dígory en su lomo hasta que se extinguió el ruido que
hacían los demás animales, y pronto el grupito que formaban Aslan y sus recién
elegidos consejeros estuvo muy cercano. Dígory sabía que era imposible
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