--No sé. Nunca alcanza a decir mucho. Pero hay algo más. Una noche, fue
anoche en realidad, cuando pasaba debajo de la escalera que da al desván, para ir a
mi dormitorio (y no me gusta mucho pasar por ahí), estoy seguro de haber
escuchado un alarido.
--Tal vez tiene a una esposa loca encerrada allá arriba.
--Sí, eso pensé.
--O tal vez es un falsificador de dinero.
--O puede haber sido un pirata, como el hombre al comienzo de La Isla del
Tesoro, y se está escondiendo todo el tiempo de sus antiguos camaradas de barco.
--¡Qué emocionante --dijo Polly--, no sabía que tu casa fuera tan
entretenida!
--Tú podrás encontrarla entretenida --contestó Dígory--. Pero no te gustaría
si tuvieras que dormir ahí. ¿Qué te parecería pasar horas despierta escuchando los
pasos del tío Andrés arrastrándose lentamente a lo largo del pasadizo que lleva a
tu pieza? Y tiene unos ojos tan horribles...
Así fue como se conocieron Polly y Dígory. Y como era justo el principio de
las vacaciones de verano y ninguno iba a ir a la playa ese año, se veían casi todos
los días.
Sus aventuras empezaron, más que nada, debido a que aquél fue uno de los
veranos más húmedos y helados en muchos años. Eso los obligaba a jugar dentro
de la casa; más bien, a hacer exploraciones dentro de la casa. Es maravilloso todo lo
que puedes explorar con un cabo de vela en una casa grande, o en una hilera de
casas. Polly había descubierto hacía tiempo que si abrías cierta puertecita en el
altillo de su casa, llegabas a la cisterna y a un sitio oscuro más atrás, al que podías
entrar trepando con un poquito de cuidado. El sitio oscuro era como un largo túnel
que tenía una pared de ladrillo a un lado y al otro un techo inclinado. En el techo
había pequeñas grietas por donde entraba la luz entre las tejas. No había suelo en
este túnel: tenías que pasar de viga en viga, y entre ellas no había más que yeso. Si
pisabas el yeso te podías caer por el techo de la habitación de abajo. Polly usaba la
boca del túnel, que quedaba justo al lado del estanque, como una cueva de
contrabandistas. Había llevado hasta allí pedazos de cajones viejos y asientos de
sillas de cocina quebradas, y cosas por el estilo, y los había colocado extendidos
entre viga y viga para formar un poco de piso. Allí guardaba un cofre que contenía
varios tesoros, un cuento que estaba escribiendo, y generalmente algunas
manzanas.
A menudo se tomaba una botella entera de bebida en ese lugar: las botellas
vacías le daban un ambiente muy semejante a la cueva de un contrabandista.
A Dígory le gustó mucho la cueva (ella no lo dejó ver el cuento), pero le
interesaba más explorar.
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