elefantes) se achicaron un poco. Muchos animales se pararon en sus patas traseras.
La mayoría ladeó la cabeza, como si tratasen con todas sus fuerzas de comprender.
El León abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno; estaba exhalando su
aliento, un aliento prolongado, cálido, que parecía mecer a todas las bestias, así
como el viento mece una hilera de árboles. Muy, muy arriba, desde más allá del
velo del cielo azul que las ocultaba, las estrellas empezaron a cantar nuevamente:
una música pura, fresca, muy difícil. Entonces hubo un veloz destello, como de
fuego (pero no quemó a nadie) que podría haber surgido del cielo o del mismo
León, y cada gota de sangre se estremeció dentro del cuerpo de los niños, y la voz
más profunda y salvaje que hubiesen escuchado jamás, dijo:
--Narnia, Narnia, Narnia, despierta. Ama. Piensa. Habla. Sed árboles que
caminan. Sed bestias que hablan. Sed aguas divinas.
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