--Está bien, así es --dijo Dígory, en voz mucho más alta, como un niño que
tiene tanta pena que no le importa que sepan que ha estado llorando--. Y tú harías
lo mismo --prosiguió--, si hubieras vivido toda tu vida en el campo y hubieras
tenido un mampato, y un río al fondo del jardín, y de repente te trajeran a vivir en
un maldito pueblucho como éste.
--Londres no es un pueblucho --replicó Polly, indignada.
Pero el niño estaba demasiado dolido para prestarle atención a ella, y
continuó:
--Y si tu padre hubiera partido a la India..., y tú hubieras tenido que venir a
vivir con una tía y con un tío que está loco (¿qué me dices?)..., y si la razón fuera
que ellos están cuidando a tu madre..., y si tu madre estuviera enferma y fuera a...,
fuera a..., a morir...
Y puso esa cara tan rara que uno pone cuando está tratando de tragarse las
lágrimas.
--No lo sabía, perdóname --dijo Polly, humildemente.
Y como no halló qué decir, y también para distraer a Dígory con temas más
alegres, le preguntó:
--¿El señor Ketterley está verdaderamente loco?
--Bueno, o está loco --repuso Dígory--, o hay algún otro misterio. Tiene un
estudio en el piso de arriba y la tía Letty me dijo que no debo subir nunca a ese
estudio. Bueno, eso para empezar ya huele a gato encerrado. Y además hay otra
cosa. Cada vez que él trata de decirme algo a la hora de comida --nunca ni
siquiera trata de hablarle a ella-- tía Letty siempre lo hace callar. Le dice: "No
molestes al niño, Andrés", o si no: "estoy segura de que Dígory no quiere oír nada
de eso", o bien: "mira, Dígory, ¿por qué no sales a jugar al jardín?"
--¿Qué tipo de cosas trata de decirte?
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