mi vida si hubiera sabido que había cosas como ésta.
La Voz en la tierra era ahora más sonora y más triunfante; pero las voces en el
cielo, después de cantar estrepitosamente con ella por unos momentos,
comenzaban a debilitarse. Y ahora estaba ocurriendo otra cosa.
A lo lejos, y muy cerca del horizonte, el cielo empezó a ponerse gris. Un
ligero viento, muy fresco, principió a agitarse. El cielo, en aquel preciso lugar, se
volvió lenta y paulatinamente más pálido. Podías divisar siluetas de cerros
destacándose muy oscuros contra él. Y todo el tiempo la Voz continuaba cantando.
Pronto hubo suficiente luz para verse las caras. El Cochero y los dos niños
tenían la boca abierta y los ojos brillantes; estaban embebidos en la música, y
parecía como si ésta les recordara algo. La boca del tío Andrés también estaba
abierta, pero no de alegría. Parecía más bien como si su barbilla simplemente se
hubiera desprendido del resto de su cara. Tenía los hombros encorvados y sus
rodillas temblaban. A él no le gustaba la Voz. Si hubiera podido escapar de ella
arrastrándose dentro de la cueva de un ratón, lo habría hecho. Pero la Bruja
parecía, de algún modo, entender esa música más que cualquiera de ellos. Tenía la
boca cerrada, sus labios muy apretados y las manos empuñadas. Desde que
comenzó la canción, sintió que todo este mundo se llenaba enteramente con una
magia muy diferente a la suya y más poderosa. La odiaba. Habría destruido todo
ese mundo, o todos los mundos, hasta hacerlos pedazos, si así lograba detener
aquel canto. El caballo estaba de pie con sus orejas echadas muy hacia adelante y
las movía nerviosamente. De vez en cuando resoplaba y pateaba el suelo. Ya no
parecía el viejo y cansado caballo de coche; ahora sí que podrías creer que su padre
había participado en batallas.
El cielo de oriente cambiaba de blanco a rosado y de rosado a dorado. El
volumen de la Voz crecía y crecía, hasta que todo el aire se estremeció. Y justo
cuando aumentaba hasta alcanzar el más potente y glorioso de los sonidos que
hubiera emitido hasta ahora, apareció el sol.
Dígory no había visto jamás un sol como aquel. El sol que alumbraba las
ruinas de Charn parecía ser más viejo que el nuestro: éste parecía más joven. Te
imaginabas que se reía de dicha a medida que salía. Y cuando sus rayos cayeron
sobre la tierra, los viajeros pudieron ver por vez primera en qué clase de lugar se
encontraban. Era un valle, atravesado por un ancho y rápido río que serpenteaba
fluyendo hacia el este, en dirección al sol. Hacia el sur había montañas, al norte
colinas más bajas. Pero era un valle de pura tierra, rocas y agua; no había un árbol,
ni un arbusto ni se divisaba una brizna de hierba. La tierra tenía muchos coloridos,
colores frescos, cálidos y vividos. Te hacían sentir emocionado; hasta que veías al
Cantor y entonces te olvidabas de todo lo demás.
Era un León. Inmenso, peludo y brillante, se mantenía de pie frente al sol
naciente. Cantaba con toda su boca abierta y se hallaba a cerca de trescientos
metros de distancia.

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