--Si ha durado hasta ahora, supongo que durará un poquito más --dijo
Dígory-. Pero tenemos que estar muy callados. Tú sabes que a veces el menor
ruido hace que las cosas se caigan... como una avalancha en los Alpes.
Salieron de ese patio por otro portal, y subieron por un tramo de escalera y
atravesaron grandes habitaciones que se sucedían una tras otra, hasta que te
mareaba el solo tamaño del lugar. A veces pensaban que iban a salir al exterior y
ver qué clase de ciudad se extendía alrededor del enorme palacio. Pero siempre
desembocaban en un nuevo patio. Deben haber sido lugares magníficos cuando la
gente aún vivía allí. En uno había habido una fuente. Quedaba un enorme
monstruo de piedra con sus alas enteramente desplegadas y la boca abierta, y aún
podías divisar un trozo de cañería al fondo de la boca, de la que solía verter agua.
Debajo había una extensa taza de piedra para contener el agua; pero estaba seca
como yesca. En otros sitios había palos marchitos de alguna clase de planta
trepadora que se había enrollado alrededor de las columnas y había contribuido a
botar algunas de ella. Pero estaba muerta desde hacía años. Y no había hormigas ni
arañas ni ninguna otra cosa viviente que esperarías encontrar en unas ruinas; y
donde asomaba la tierra seca entre las losas quebradas no se veía ni pasto ni
musgo.
Era todo tan triste y tan monótono que hasta Dígory estaba pensando que era
mejor ponerse los Anillos amarillos y volver al cálido, verde y vivo bosque en el
lugar intermedio, cuando llegaron ante dos inmensas puertas de un metal que
probablemente podría ser oro. Una estaba ligeramente entreabierta. De modo que,
por supuesto, fueron a mirar hacia adentro. Los dos retrocedieron y respiraron
hondo: al fin había algo que merecía la pena ver.
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