quiso echarse atrás. Dígory corrió el pestillo con alguna dificultad. La puerta se
abrió con un vaivén y la súbita luz del día los hizo parpadear. Luego, con gran
sobresalto, vieron que no estaban ante un desván abandonado, sino ante una pieza
amoblada. Pero se veía bastante vacía. Había un silencio sepulcral. A Polly la
venció su curiosidad: apagó de un soplido la vela y entró a la extraña habitación,
sin hacer más ruido que un ratón.
Tenía forma de buhardilla, por supuesto, pero estaba amoblada como un
salón. Las paredes estaban cubiertas de estantes y no había un espacio de los
estanques que no estuviese repleto de libros. El fuego estaba encendido en el hogar
(acuérdate que ese año el verano era extremadamente frío y húmedo) y frente al
fuego, dando la espalda a los niños, había un sillón de respaldo alto. Entre el sillón
y Polly, llenando más de la mitad del cuarto, había una enorme mesa donde se
amontonaban toda suerte de cosas: libros impresos y libros de esos en los cuales tú
escribes, y tinteros y plumas y lacres y un microscopio. Pero lo primero que
advirtió fue una bandeja de madera de color rojo brillante y en ella una cantidad
de anillos. Estaban ordenados por pares: uno amarillo junto a uno verde, un
pequeño espacio, y luego otro amarillo y otro verde. No eran más grandes que los
anillos comunes y nadie podía dejar de verlos por el brillo que tenían. Eran las
cositas más preciosamente relucientes que te puedas imaginar. Si Polly hubiera
sido un poquito más pequeña seguramente hubiera querido echarse uno a la boca.
La habitación estaba tan silenciosa que de inmediato oías el tictac del reloj.
Sin embargo, como se dio cuenta en seguida, tampoco estaba absolutamente
silenciosa. Se escuchaba un tenue zumbido, muy, muy tenue. Si en aquel entonces
ya hubieran sido inventadas las aspiradoras, Polly habría pensado que era el
sonido de una que funcionaba muy a lo lejos, unas cuantas habitaciones más allá y
unos cuantos pisos más abajo. Pero éste era un ruido más agradable, un sonido
más musical, pero tan tenue que apenas podías oírlo.
--Está bien, aquí no hay nadie --anunció Polly, dirigiéndose a Dígory por
encima de su hombro. Hablaba casi en susurros. Y Dígory apareció, parpadeando
y con un aspecto extremadamente sucio, como en realidad lo estaba también Polly
ahora.
--No vale la pena --dijo--. No es una casa vacía, después de todo. Es mejor
que escapemos antes de que venga alguien.
--¿Qué crees que serán esos? --preguntó Polly, señalando los anillos de
colores.
--Vámonos --insistió Dígory--. Cuanto antes...
No terminó lo que iba a decir, pues en ese momento sucedió algo. La silla de
respaldo alto frente al fuego se movió de repente y de ella se levantó, como un
demonio de pantomima saliendo del suelo como de la trampa en un escenario de
teatro, la impresionante figura del tío Andrés. No estaban en la casa vacía; ¡estaban
en la casa de Dígory y en el estudio prohibido! Ambos dejaron escapar un "O-o-o-

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