Pues era en este estanque donde el Ermitaño miraba cuando quería
saber lo que pasaba en el mundo más allá de las verdes murallas de su
ermita. Allí, como en un espejo, podía ver en ciertas ocasiones lo que
ocurría en las calles de ciudades situadas a leguas al sur de Tashbaan, o qué
barcos estaban haciendo escala en Redhaven en las remotas Siete Islas, o
qué bandoleros o bestias salvajes merodeaban por las grandes selvas del
oeste entre el Páramo del Farol y Telmar. Y en este día casi no había
abandonado su estanque, ni siquiera para comer o beber, pues sabía que se
avecinaban grandes acontecimientos en Archenland. Aravis y los caballos
contemplaban igualmente el estanque. Podían ver que era un estanque
mágico: en lugar de reflejar el árbol y el cielo, reflejaba nebulosas y
coloridas formas en movimiento, siempre en movimiento, en sus
profundidades. Pero no lograban ver nada con claridad. El Ermitaño sí que
podía, y de vez en cuando les decía lo que veía. Un poco antes de que
Shasta entrara en su primer combate, el Ermitaño comenzó a hablar así:
--Veo una... dos... tres águilas dando vueltas en el vacío cerca de
Punta Borrascosa. Una es la más anciana de todas las águilas. No saldría a
menos que la batalla estuviese a punto de estallar. La veo revolotear de allá
para acá, acechando a veces en Anvard y a veces hacia el este, detrás de
Borrascosa. Ah... ahora veo en qué estaban tan ocupados Rabadash y sus
hombres todo el día. Han botado y talado un árbol enorme y vienen ahora
saliendo de los bosques arrastrándolo, como un ariete. Han aprendido algo
después del fracaso del asalto de anoche. Habría sido más prudente que
hubiese puesto a sus hombres a hacer escalerillas; pero esto toma tiempo y
él es muy impaciente. ¡Qué tonto es! Debería haber regresado a Tashbaan
en cuanto fracasó el primer intento, ya que todo su plan dependía de la
rapidez y la sorpresa. Ahora ponen en posición su ariete. Los hombres del
Rey Lune disparan sin cesar desde arriba de las murallas. Han caído cinco
calormenes; pero no caerán muchos más. Se han puesto sus escudos encima
de la cabeza. Rabadash está en este instante dándoles órdenes. Junto a él
están sus nobles de más confianza, fieros Tarkaanes de las provincias
orientales. Puedo ver sus rostros. Ahí está Corradin, del Castillo Tormunt, y
Azru, y Clamash, e Ilgamut, el del labio torcido, y un Tarkaan muy alto de
barba carmesí...
--¡Por la Melena, mi antiguo amo, Anradin! --exclamó Bri.
--Sssh --dijo Aravis.
--Empezaron a usar el ariete. Si pudiera oír tan bien como veo, ¡qué
barullo escucharía! Golpe tras golpe; no hay puerta que resista por siempre.
¡Pero esperen! Algo allá arriba en la Borrascosa ha asustado a los pájaros.
Salen por montones. Y esperen un poco más... todavía no logro ver... ¡ah!
Ahora sí. La cumbre entera, hacia el este, está negra de gente a caballo.
Ojalá el viento pudiera coger ese estandarte y desplegarlo. Están en plena
cumbre ahora, quienesquiera que sean. ¡Aja! Ahora he visto su bandera.
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