--Buenos días, vecino.
Shasta miró anhelante a su alrededor buscando quién había hablado y
pronto vio una persona muy pequeña y llena de espinas y de cara oscura
que salía de entre los árboles. Al menos, era pequeña para ser una persona
pero en realidad bastante grande para ser un erizo, que eso era.
--Buenos días --dijo Shasta--. Pero no soy un vecino. A decir
verdad, soy un extranjero en estos lugares.
--¿Ah? --dijo el erizo, inquisitivamente.
--He venido por las montañas... desde Archenland, sabes.
--Ah, Archenland --dijo el erizo--. Eso está tremendamente lejos.
Nunca estuve yo ahí.
--Y creo que quizás --prosiguió Shasta-- alguien debería saber que
en estos momentos un ejército de salvajes calormenes está atacando
Anvard.
--¡No me digas! --contestó el erizo--. Bueno, qué te parece. Y dicen
que Calormen está a cientos y miles de kilómetros de distancia, justo al fin
del mundo, atravesando un inmenso mar de arena.
--No está tan lejos como tú crees --repuso Shasta--. ¿Y no se
debería hacer algo respecto a este ataque contra Anvard? ¿No se debería
advertir al gran Rey?
--Ciertamente, habría que hacer algo --dijo el erizo--. Pero, mira, yo
voy camino a la cama a ponerme a dormir todo el día. ¡Hola, vecino!
Estas últimas palabras iban dirigidas a un enorme conejo color
bizcocho cuya cabeza acababa de asomar de alguna parte junto al camino.
El erizo le contó de inmediato al conejo lo que le había dicho Shasta. El
conejo estuvo de acuerdo en que eran noticias muy singulares y que alguien
debería decírselas a alguien a fin de hacer algo.
Y así siguió la cosa. A cada instante se les unían otras criaturas,
algunas bajaban de las ramas de encima y otras salían de diminutas casitas
subterráneas a sus pies, hasta que el grupo quedó formado por cinco
conejos, una ardilla, dos urracas, un fauno con pies de cabra y un ratón;
hablaban todos al mismo tiempo y todos estaban de acuerdo con el erizo.
Porque la verdad era que en aquella época de oro, cuando la Bruja y el
invierno se habían ido y el gran Rey Pedro gobernaba en Cair Paravel, los
más pequeños habitantes de los bosques de Narnia vivían tan seguros y
felices que se estaban volviendo un poco descuidados.
Al poco rato, sin embargo, llegaron dos seres más prácticos al
bosquecillo. Uno era un enano rojo cuyo nombre parecía ser Franela. El
otro era un venado, una hermosa criatura señorial con grandes ojos claros,
de flancos salpicados de manchas y patas tan delgadas y graciosas que
parecía que podías quebrarlas con dos dedos.
--¡Por el León! --rugió el enano en cuanto oyó las noticias--. Y si es
así, ¿qué hacemos todos aquí parados, charlando? ¡Enemigos en Anvard!
|
|