en voz baja, el caballo dijo: "Pero sí puedo".
Shasta miró fijamente sus grandes ojos y los suyos propios se abrieron
casi tan grandes de asombro.
--¿Cómo diablos aprendiste a hablar tú? --preguntó.
-- ¡Silencio! No tan fuerte --respondió el caballo--. De donde yo
vengo, casi todos los animales hablan.
--¿Y dónde diablos está eso?
--Narnia --replicó el caballo--. La feliz tierra de Narnia..., Narnia, la
de las montañas cubiertas de brezo y las lomas llenas de tomillo; Narnia, la
de los muchos ríos, las fangosas cañadas, las cavernas tapizadas de musgo,
las profundas selvas en que resuenan los martilleos de los enanos. ¡Oh, el
dulce aire de Narnia! Una hora vivida ahí vale más que mil años en
Calormen.
Terminó con un relincho que más parecía un suspiro.
--¿Cómo llegaste aquí? --preguntó Shasta.
--Secuestrado --dijo el caballo--. O robado, o capturado, como tú
quieras llamarlo. Era sólo un potrillo en ese entonces. Mi madre me advirtió
que no vagara por las laderas del sur, hacia Archenland y más allá, pero no
le hice caso. Y por la Melena del León, he pagado cara mi locura. Todos
estos años he sido un esclavo de los humanos, y he tenido que esconder mi
verdadera naturaleza y fingir ser mudo y estúpido como sus caballos.
-- ¿Por qué no les dijiste quién eras?
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