--¡Quince! --exclamó Arshish con una voz que era algo entre un
gimoteo y un grito--. ¡Quince! ¡Por el apoyo de mi vejez y el encanto de
mis ojos! No te burles de mi barba gris, aunque seas un Tarkaan. Mi precio
es setenta.
A este punto Shasta se paró y se fue en puntillas. Había oído todo lo
que deseaba, pues había escuchado muchas veces cuando los hombres
regateaban en el pueblo y sabía cómo lo hacían. Estaba totalmente seguro
de que al final Arshish lo vendería por una suma muy superior a quince
crecientes y muy inferior a setenta, pero que él y el Tarkaan tardarían horas
en llegar a un acuerdo.
No debes imaginarte que Shasta sintió lo que habríamos sentido tú y
yo si hubiéramos oído por casualidad a nuestros padres hablando de
vendernos como esclavos. Por una parte, su vida era ya muy poco mejor
que la esclavitud; que él supiera, el señorial desconocido del imponente
caballo podría ser más bondadoso con él que Arshish. Y por otra, la historia
de su propio hallazgo en el bote lo había llenado de emoción y de un
sentimiento de alivio. A menudo se había sentido incómodo porque, por
más que tratara, nunca había sido capaz de querer al pescador, y sabía que
un hijo debe amar a su padre. Y ahora, parecía que no tenía ninguna
relación con Arshish. Esto le sacó un gran peso de encima.
"¡Vaya, podría ser cualquiera! --pensó--. ¡Podría ser el hijo de un
Tarkaan, o el hijo del Tisroc (que viva para siempre), o de algún dios!"
Estaba parado afuera en un sitio lleno de hierba delante de la cabaña
mientras pensaba todas esas cosas. El crepúsculo caía rápidamente y ya
habían salido una o dos estrellas, mas aún podían verse al oeste vestigios de
la puesta de sol. No muy lejos pastaba el caballo del desconocido, atado
holgadamente a una argolla de fierro en la pared del establo del burro.
Shasta se acercó a él y acarició su cuello. El siguió arrancando pasto y no le
hizo caso.
Luego otro pensamiento vino a la mente de Shasta.
--Me pregunto qué laya de hombre será ese Tarkaan --dijo en voz
alta--. Sería espléndido que fuera bueno. Algunos de los esclavos en la
casa de un gran señor no tienen casi nada que hacer. Usan lindos trajes y
comen carne todos los días. Quizás me llevaría a las guerras y yo le salvaría
la vida en una batalla y entonces él me libertaría y me adoptaría como hijo y
me daría un palacio y un carruaje y una armadura. Pero también podría ser
un hombre horrible y cruel. Podría mandarme a trabajar a los campos,
encadenado. Me gustaría saberlo, pero ¿cómo? Apuesto a que este caballo
lo sabe, ojalá pudiera contarme.
El caballo había levantado la cabeza. Shasta acarició su nariz suave
como la seda y dijo:
--Me gustaría tanto que tú pudieras hablar, amigo.
Y por un segundo creyó estar soñando, pues muy claramente, aunque

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