Y en apresuradas palabras les contó sobre la expedición de Rabadash.
--¡Canallas traidores! --exclamó Bri, meneando sus crines y dando
patadas con sus cascos--. ¡Un ataque en tiempos de paz, sin haber enviado
un desafío! Pero le ganaremos el quien vive. Estaremos allí antes que él.
--¿Podremos? --dijo Aravis, subiéndose de un salto en la montura de
Juin. Shasta hubiera querido poder montar así.
--¡Bruhú! --relinchó Bri--. Sube, Shasta. ¡Podremos! ¡Y con una
buena ventaja además!
--El dijo que se pondría en marcha inmediatamente --dijo Aravis.
--Esa es la manera de hablar que tienen los humanos --explicó Bri--.
Pero no puedes conseguir un ejército de doscientos caballos y jinetes, con
sus correspondientes aprovisionamientos de agua y vituallas, sus armas y
monturas, y listos para partir, todo en un minuto. Bien, ¿cuál es la
dirección? ¿Al norte?
--No --intervino Shasta--. Yo sé por donde es. He dibujado una
línea. Les explicaré más tarde. Avancen un poco hacia la izquierda, los dos
caballos. ¡Ah, eso es!
--Entonces ahora --dijo Bri--, todo lo que se dice sobre galopar día
y noche, como en lo cuentos, en la realidad no puede hacerse. Se debe
caminar y trotar, pero trotes rápidos y caminatas cortas. Y cada vez que
vayamos al paso, ustedes los dos humanos pueden desmontar y caminar
también. ¿Estás lista, Juin? Allá vamos. ¡Narnia y el Norte!
Al comienzo fue delicioso. Había anochecido hacía ya tantas horas
que la arena casi había terminado de devolver el calor del sol que había
recibido durante el día, y el aire era puro, fresco y claro. A la luz de la luna,
en cualquiera dirección y a cualquiera distancia, veían relucir la arena como
si fuera agua tersa o una enorme bandeja de plata. Aparte los ruidos que
hacían los cascos de Bri y Juin, no se escuchaba el menor sonido.
Shasta casi se hubiese quedado dormido si no hubiera que desmontar
y ponerse a caminar de vez en cuando.
Esto pareció durar horas. Luego llegó un momento en que no hubo ya
luna. Pareció que cabalgaban en la profunda oscuridad por horas y horas. Y
después llegó un momento en que Shasta advirtió que podía ver el cuello de
Bri y su cabeza frente a él con un poco más de claridad que antes; y
lentamente, muy lentamente, comenzó a vislumbrar la vasta llanura gris a
cada lado. Se veía absolutamente desierta, como algo en medio de un
mundo muerto; y Shasta se sintió terriblemente cansado y se dio cuenta de
que tenía cada vez más frío y de que sus labios estaban secos. Y todo el
tiempo scuic, crujía el cuero, tintín, tintineaban los frenos; y el ruido de los
cascos: no el própatiprópati como si fueran por camino áspero, sino el
zábadizábadi sobre la arena seca.
Por fin, después de horas de cabalgar, muy a lo lejos, a su derecha,
surgió una sola raya larga de color gris más pálido, muy abajo en el

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