benéfico reinado, una noche en que la luna estaba llena, los dioses tuvieron
a bien privarme del sueño. Por tanto, me levanté de mi cama en este tugurio
y me fui a la playa a refrescarme con la vista del agua y de la luna y a
respirar el aire frío. Y de pronto oí un ruido como de remos que avanzaban
hacia mí por el agua y luego, por decirlo así, un débil grito. Y poco después,
la marea trajo a la playa un pequeño bote en el que no había más que un
hombre enflaquecido por haber sufrido extremadamente de hambre y sed y
que parecía haber muerto sólo unos momentos antes (pues todavía estaba
tibio), y un odre vacío, y un niño que aún vivía. "Sin duda --pensé-- estos
infortunados escaparon del naufragio de un gran barco, pero por los
admirables designios de los dioses el mayor ha pasado hambre para
mantener vivo al niño, pereciendo al avistar tierra". Así pues, recordando
que los dioses jamás dejan de recompensar a quienes amparan a los
huérfanos, y movido de compasión (porque tu siervo es un hombre de
corazón tierno)...
--Prescinde de esas palabras ociosas de elogio a ti mismo
--interrumpió el Tarkaan--. Basta con saber que te quedaste con el niño, y
que has sacado diez veces el costo de su pan diario con su trabajo, como
cualquiera puede ver. Y ahora dime de inmediato qué precio le pones, pues
ya estoy cansado de tu locuacidad.
--Tú mismo has dicho sabiamente --respondió Arshish-- que el
trabajo del niño me ha sido de inestimable valor. Hay que tomarlo en cuenta
al fijar el precio. Porque si vendo al niño, sin duda tendré que comprar o
emplear otro para que haga sus labores.
--Te daré quince crecientes por él --dijo el Tarkaan.
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