su cintura. Se le veía muy excitado y sus ojos y dientes resplandecían
fieramente a la luz de las velas. Al último entró un anciano de baja estatura,
jorobado y apergaminado en quien Aravis, con un escalofrío, reconoció al
nuevo Gran Visir y a su propio prometido, Ahoshta Tarkaan.
En cuanto los tres entraron al cuarto y se hubo cerrado la puerta, el
Tisroc se sentó en el diván con un suspiro de satisfacción, el joven tomó su
lugar de pie ante él, y el Gran Visir se arrodilló, apoyó sus codos y dejó
caer su gorda cara sobre la alfombra.

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