importaba. Tenía una mentalidad muy práctica.
Un día llegó del sur un desconocido muy diferente a cualquier otro
hombre que Shasta hubiese visto antes. Montaba un robusto caballo overo
de largas crines y cola, y sus estribos y bridas tenían incrustaciones de plata.
La punta de un casco sobresalía de su turbante de seda y vestía una camisa
de malla. Al cinto llevaba una corva cimitarra, un escudo redondo
claveteado con remaches de bronce colgaba a su espalda y su mano derecha
empuñaba una lanza. Su rostro era oscuro, lo que no sorprendió a Shasta ya
que toda la gente de Calormen era así; lo que sí lo sorprendió fue que la
barba del hombre estaba teñida color carmesí, y era rizada y relucía con un
fragante aceite. Pero por la pulsera de oro en el brazo desnudo del
desconocido Arshish supo que era un Tarkaan o gran señor, e hizo una
genuflexión arrodillándose delante de él hasta que su barba tocó la tierra e
hizo señas a Shasta para que se arrodillase también.
El desconocido exigió hospitalidad por esa noche y el pescador, por
supuesto, no osó negársela. Puso ante el Tarkaan todo lo mejor que tenían
para que cenara (y a él no le gustó nada) y a Shasta, como siempre sucedía
cuando el pescador tenía visitas, le dio un pedazo de pan y lo echó fuera de
la cabaña. En tales ocasiones, por lo general, dormía con el burro en su
pequeño establo de paja. Pero era demasiado temprano para irse a dormir, y
Shasta, que nunca había aprendido que era malo escuchar detrás de la
puerta, se sentó con el oído puesto en una rendija en la pared de madera de
la cabaña para escuchar lo que los mayores estaban hablando. Y esto es lo
que oyó:
--Y ahora, oh mi huésped --dijo el Tarkaan--, tengo ganas de
comprar a ese niño tuyo.
--¡Oh mi señor! --repuso el pescador (y Shasta, por el tono mimoso,
supo que una mirada de codicia brillaba en su cara al decir estas palabras)--
, ¿qué precio podría inducir a tu sirviente, a pesar de su pobreza, a vender
como esclavo a su único hijo, a su propia carne? ¿No ha dicho uno de los
poetas: "La voz de la sangre es más fuerte que la sopa y los hijos más
preciosos que los diamantes"?
--Así es --replicó el huésped secamente--. Pero otro poeta dijo
además: "El que trata de engañar al prudente ya está desnudando su propia
espalda para el azote". No llenes tu anciana boca de falsedades. Es evidente
que este niño no es tu hijo, pues tus mejillas son oscuras como las mías,
mas el muchacho es bello y blanco como los malditos pero hermosos
bárbaros que habitan el remoto norte.
--¡Qué bien dicho está --contestó el pescador--, que una espada
puede ser esquivada con escudos, pero el ojo de la sabiduría penetra a
través de toda defensa! Has de saber entonces, oh mi formidable huésped,
que debido a mi extrema pobreza jamás me casé ni tuve hijos. Pero el
mismo año en que el Tisroc (que viva para siempre) comenzó su augusto y

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