"Es un león, sé que es un león --pensó Shasta--. Estoy perdido. Me
pregunto si me hará doler mucho. Quisiera que todo hubiera terminado.
¿Pasará algo con la gente después de muerta? ¡Oh-o-oh! ¡Aquí viene." Y
cerró los ojos y apretó los dientes.
Pero en lugar de dientes y garras sólo sintió algo tibio a sus pies. Y
cuando abrió los ojos, dijo:
--¡Pero si no es ni cerca de lo grande que yo me imaginaba! Es
apenas la mitad del tamaño. No, ni siquiera la cuarta parte. ¡Reconozco que
es sólo un gato! Debo haber soñado que era grande como un caballo.
Y, fuera que hubiese soñado o no, lo que ahora estaba a sus pies y lo
miraba desconcertado con sus enormes y verdes ojos fijos, era el gato;
aunque era ciertamente uno de los gatos más grandes que había visto.
--Oh gato --jadeó Shasta--. Estoy tan contento de volver a verte. He
tenido sueños tan horribles.
Y se tendió de inmediato otra vez, espalda con espalda con el gato tal
como habían estado al comienzo de la noche. Se sintió enteramente
cobijado en su tibieza.
--Nunca más le haré algo malo a un gato en el resto de mi vida --dijo
Shasta, mitad al gato y mitad a sí mismo-- Una vez lo hice, has de saber.
Le tiré piedras a un pobre gato callejero, sarnoso y medio muerto de
hambre. ¡Oye! ¡Basta!
Porque el gato se había dado vuelta y le había lanzado un arañazo.
--Nada de eso --dijo Shasta--. Es como si entendieras lo que estoy
diciendo.
Y después se quedó dormido.
Cuando despertó a la mañana siguiente, el gato se había ido, el sol ya
había salido y la arena estaba caliente. Shasta, muerto de sed, se sentó y se
frotó los ojos. El desierto era de una blancura enceguecedora y, a pesar de
que había un murmullo de ruidos provenientes de la ciudad detrás de él,
donde se encontraba todo estaba en perfecta quietud. Cuando miró un poco
a la izquierda y al occidente para evitar que el sol diera en sus ojos, pudo
ver las montañas al otro extremo del desierto, tan puntiagudas y claras que
parecían estar a sólo un tiro de piedra. Notó en particular una altura azul
dividida en la cima en dos picachos y decidió que ese debía ser el Monte
Pire.
"Esa es nuestra dirección, a juzgar por lo que dijo el cuervo --
pensó--, así es que me voy a asegurar a fin de no perder ni un minuto
cuando aparezcan los demás."
Hizo, por lo tanto, un buen surco profundo y recto con su pie,
señalando exactamente al Monte Pire.
La siguiente tarea era, naturalmente, conseguir algo para comer y
beber. Shasta volvió trotando a las Tumbas --que le parecieron nada
especial ahora y se extrañó de haberles tenido miedo-- y bajó a los vergeles

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