vendería cara su vida en esa puerta y sólo llegarían ante la reina por sobre
nuestros cadáveres. Y aun así seríamos sólo ratas luchando dentro de una
trampa, a fin de cuentas.
--Muy cierto --graznó el cuervo--. Estas extremas resistencias en
una casa inspiran bellas historias, pero nunca se obtiene nada de ellas.
Después de soportar los primeros rechazos, el enemigo siempre le prende
fuego a la casa.
--Soy la causa de todo esto --dijo Susana, estallando en llanto--.
Ojalá nunca hubiera salido de Cair Paravel. El último de nuestros días
felices fue el anterior a la llegada de aquellos embajadores de Calormen.
Los topos estaban plantando un huerto para nosotros... oh... oh.
Y ocultando el rostro entre sus manos, sollozó.
--Valor, Su, valor --dijo Edmundo--. Recuerda... ¿pero qué es lo que
pasa contigo, maestro Tumnus?
Pues el fauno se tomaba los cuernos con sus dos manos como
afirmando así su cabeza, retorciéndola de aquí para allá como si tuviera un
gran dolor dentro de ella.
--No me hablen, no me hablen --murmuró Tumnus--. Estoy
pensando. Estoy pensando tanto que apenas puedo respirar. Esperen,
esperen, esperen por favor.
Por un momento hubo un silencio de perplejidad y luego el fauno miró
hacia arriba, respiró profundo, enjugó su frente y dijo:
--La única dificultad es cómo lograremos bajar hasta nuestro barco, y
con algunas provisiones además, sin ser descubiertos y detenidos.
--Sí --exclamó un enano en tono burlón--. Así como la única
dificultad del mendigo para montar a caballo es que no tiene caballo.
--Esperen, esperen --prosiguió el señor Tumnus con impaciencia--.
Todo lo que necesitamos es algún pretexto para ir al barco hoy día y llevar
nuestras cosas a bordo.
--Sí --musitó el Rey Edmundo en tono de duda.
--Bien, entonces --dijo el fauno--, ¿qué les parece si sus Majestades
invitan al Príncipe a un gran banquete que se ofrecerá a bordo de nuestro
galeón el Resplandor Cristalino mañana en la noche? Y que el mensaje sea
redactado en la forma más amable que la reina pueda inventar sin
comprometer su honor: de manera de darle al Príncipe una esperanza de que
ella está cediendo.
--Es un muy buen consejo, señor --graznó el cuervo.
--Y entonces --continuó Tumnus, excitado--, todos supondrán que
estaremos yendo al barco todo el día, haciendo los preparativos para
nuestros invitados. Y permitirán que algunos de nosotros vayan a los
bazares y gasten lo poco que tenemos en las fruterías y donde los
vendedores de confites y los mercaderes en vino, tal como si estuviéramos
en verdad dando una fiesta. Y nos dejarán contratar magos y juglares y

39