IV SHASTA SE ENCUENTRA CON LOS NARNIANOS


Al principio lo único que podía ver Shasta abajo en el valle era un mar de
bruma de donde surgían algunas cúpulas y torreones; pero a medida que
aumentaba la claridad y se despejaba la niebla, pudo ir viendo más y más.
El ancho río se dividía en dos corrientes y en la isla formada en medio de
ellas se erguía la ciudad de Tashbaan, una de las maravillas del mundo.
Alrededor del borde mismo de la isla, de manera que el agua lamía la
piedra, se alzaban altas murallas reforzadas con tal cantidad de torres que
pronto desistió de contarlas. Dentro de las murallas, la isla se levantaba
como una colina y toda aquella colina, hasta el palacio del Tisroc y el
inmenso templo de Tash en la cima, estaba completamente cubierta de
edificios, terraza sobre terraza, calle sobre calle, y de zigzagueantes
caminos o enormes tramos de escalera, rodeados de naranjos y limoneros,
azoteas llenas de flores, balcones, anchos arcos, columnatas de pilares,
capiteles, almenas, minaretes, torreones. Y cuando por fin el sol salió del
mar y la gran cúpula plateada del templo reflejó su luz, quedó casi
deslumbrado.
--Sigue, Shasta --decía continuamente Bri.
A cada lado del valle las orillas del río eran tal masa de jardines que al
principio parecían verdaderas selvas, hasta que te acercabas más y veías los
blancos muros de innumerables casas asomándose por debajo de los
árboles. Poco después Shasta sintió un delicioso olor a flores y frutas. Unos
quince minutos más tarde se encontraban en medio de ellas, caminando
despacio por un camino liso con blancos muros a cada lado y árboles que se
inclinaban por encima de las murallas.
--Caramba --dijo Shasta, en tono respetuoso--. ¡Este es un sitio
maravilloso!
--Puede ser --dijo Bri--. Pero me gustaría que ya estuviésemos a
salvo al otro lado. ¡Narnia y el Norte!
En ese momento comenzó a sentirse un ruido bajo y vibrante que se
hacía gradualmente más y más fuerte hasta que pareció que todo el valle se
estremecía. Era un sonido musical, pero tan intenso y solemne que llegaba a
ser un poquito aterrador.
--Es el sonar de los cuernos anunciando que se abren las puertas de la
ciudad --dijo Bri--. Estaremos ahí dentro de un minuto. Mira, Aravis, deja
caer los hombros un poco, camina a paso más pesado y trata de no parecer
princesa. Trata de imaginarte que te han pateado y abofeteado e insultado
toda tu vida.
--Si se trata de eso --dijo Aravis--, ¿por qué no dejas caer un poco
más tu cabeza y arqueas un poco menos tu cuello y tratas de no parecer
tanto un caballo de guerra?

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