mayor fuerza que la de la voluntad.
Sobre todo... cuando no existe la suerte y, en caso de dudas, consultar
al Ermitaño: "Yo he vivido ciento nueve inviernos en este mundo y todavía
no he encontrado eso que llaman Suerte". Y es que las cosas tienen, como
vemos después, un sentido, aunque éste permanezca oculto de buenas a
primeras (o para siempre). Un sentido DENTRO del sentido total del
entramado; no quedan cabos sueltos al viento, por más que haya "algo en
todo esto que no comprendo". Y si algún día necesitamos saberlo, "puedes
estar segura de que lo sabremos", le dice el Ermitaño a la niña, mientras le
cura sus heridas y la atiende con el más burdo de los brebajes: leche de
cabra servida en un tazón de madera. ("En la medida en que necesitemos
saberlo". ¿Para qué conocer lo que no nos concierne? "Eso es parte de la
historia de otro", contestaría probablemente Aslan..., y a ninguno de los dos
nos incumbe lo ajeno.)
Detengámonos, antes de terminar, en un tercer aspecto. ¿Qué pasa
aquí cuando irrumpe la belleza? "Se volvió a mirar y vio, paseándose a su
lado, más alto que el caballo, a un León. El caballo parecía no temerle, o
bien sería que no lo podía ver. Era del León que provenía la luz. Jamás
nadie ha visto nada tan terrible o tan hermoso".
Pues bien, ya Rilke, el iluminado, lo había intuido con anterioridad: lo
bello puede ser el comienzo de lo terrible. Y Shasta, el príncipe-pescador,
ha experimentado en parte lo mismo, sólo que por la vía indirecta de la voz.
Como en la Biblia y otros textos sagrados, es la voz lo que se percibe
primero. ("¿Quién eres tú?" "Yo mismo", dijo la voz. Y lo dijo tres veces,
como para refutar la negativa de Pedro antes de la pasión y como para
afirmar el autorreconocimiento de su identidad divina en la hora del juicio
humano.) Una voz en la que canta toda la naturaleza, "como si las hojas
susurraran con él". Tras el sonido se hace la luz, que va cambiando ante los
ojos de Shasta, sufriendo todas las transformaciones y pasando por diversos
matices: de la blancura a la blancura brillante y bullente de sonidos, de ésta
a un reflejo dorado fácilmente confundible con el sol.
Pero no. No es el sol. Es la dorada melena de Aslan, cuyo perfume
impregna cada partícula de aire y cuya mirada irresistible paraliza: es la
parálisis que provoca siempre la sensación de plenitud. ("No pudo decir
nada, mas era que no quería decir nada, y sabía que no necesitaba decir
nada".) Bello. Bello y terrible, aunque infinitamente dotado de sentido; de
aquí brota el significado profundo y esencial de cada cosa, porque de aquí
brota, a fin de cuentas, la vida.
Melena, luna, madeja y remolino: cuatro figuras concéntricas que,
puestas en línea (página 133), se funden en un solo círculo y desaparecen.
El Ser es redondo, decía Parménides. Y Aslan --presencia y sombra a la
vez-- le da aquí la razón.

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