espacio de libertad y de amor. Más que sugerente resulta por eso la
confrontación con los politeístas "del sur", unos niños algo salvajes, a pesar
de su refinamiento formal (la dorada figura de Aslan no se vislumbra ajena
a este fenómeno).
Es curioso. Pero por sobre la existencia normal de pájaros que no
hablan y de caballos limitados supuestamente a realizar su trabajo diario sin
mayores quejas --o sin quejas audibles, por lo menos-- se va levantando
algo así como una vaga polvareda. Es la palabra pura y simple que cobra
vigor por encima de la retórica, en un país que vive de máximas y donde
reina la poesía cual matrona que engorda a punta de confituras. Ambas,
sabiduría y poesía, terminan como (quizás) empezaron: aisladas de todo
aquello que significa la realidad, a su vez, disfrazada tras el gesto ampuloso
y la vana palabrería. En vista y considerando...
Es cierto. No le queda sino a un caballo tomar las riendas del asunto y,
sin previo aviso, ponerse a HABLAR. Total, en estas tierras del sur,
ubicadas entre Calormen y Narnia (?), nadie acostumbra decir lo que piensa
porque nadie, en efecto, piensa lo que dice. Es como si el lenguaje hubiera
perdido desde antes su batalla más inocente y lícita: la de COMUNICAR.
Así, pues, por el rescate de la verdad que implica, simplemente, hablar, a
Bri no se le hace ni pecado recuperar su antigua dignidad de caballo
parlante (ojo, que no "parlanchín"). Y nótese ahora cómo el uso correcto de
una facultad --en este caso la lingüística-- confiere de por sí un
determinado status: a él podrán acercarse quienes esgrimen las armas
transparentes de la autenticidad y la sencillez. Entre los caballos, Bri y la
encantadora Juin, femenina de un modo no caballar ni endeble y dulzón,
sino universal, auténtico, vigoroso y emprendedor. ¿Y entre los humanos?
Entre los humanos... dos niños, lo que va más allá de la mera coincidencia.
Uno de cada sexo y ambos de distinta posición social.
El cuarteto emprende, entonces, el camino que lo lleva hacia la
realización de un ideal compartido. El ideal de la libertad. Pero como no es
libre sino aquel que verdaderamente ama, cada uno debe pasar por la
prueba (en el desierto, no lo olvidemos) que le permita dar un paso más allá
en la conquista definitiva de sus derechos. Así, la valentía de Shasta lo
acerca al trono de su padre que es el suyo propio (más calvario que jolgorio,
pero, en fin: mucho le será exigido a quien mucho le ha sido dado). La
pérdida de una comprensible vanidad --tan mordisqueada como su nerviosa
cola de guerrero-- hace saltar, por su parte, a Bri, inaugurado ya el
coloquio y en cabal dominio de él, hacia los hermosos potreros de Narnia.
El encuentro con una sencillez ahogada por el ejercicio de los pequeños
poderes de cada día instala a Aravis --ya era hora-- junto a quien, desde un
principio, sospechamos que le corresponde, AUNQUE SEA CON LA
ESPALDA LLENA DE CICATRICES: tanto debes, tanto pagas. Y, en
cambio, a Juin sólo le queda superar su fragilidad, puesto que no hay

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