terminado, dijo:
--Bien; ahora tendremos que poner riendas, por las apariencias, pero
tú no las usarás. Amárralas al arzón delantero, bien flojo para que yo pueda
mover la cabeza para donde quiera. Y recuerda: no debes tocarlas.
--¿Para qué sirven, entonces? --preguntó Shasta.
--Generalmente son para dirigirme --repuso el caballo--. Pero como
en este viaje yo pretendo dirigir siempre, por favor quédate con las manos
quietas. Y otra cosa: no te permitiré que te cojas de mis crines.
--Pero es que --argumentó Shasta--, si no puedo agarrarme de las
riendas ni de tus crines, ¿de dónde voy a agarrarme?
--Tienes que sujetarte con tus rodillas --respondió el caballo--. Ese
es el secreto de un buen jinete. Aprieta todo lo que quieras mi cuerpo entre
tus rodillas; siéntate muy derecho, derecho como una varilla; mantén los
codos adentro. Y a propósito, ¿qué hiciste con las espuelas?
--Me las puse en los talones, por supuesto --contestó Shasta--. Eso
sí que lo sé.
--Entonces puedes quitártelas y guardarlas en la alforja. A lo mejor
las podremos vender cuando lleguemos a Tashbaan. ¿Listo? Creo que ya te
puedes subir.
--¡Oooh! Eres espantosamente alto --jadeó Shasta luego de su
primero e infructuoso intento.
--Soy un caballo, eso es todo --fue la respuesta-- ¡Cualquiera creería
que soy un pajar por la manera en que tratas de treparme! Eso, así está
mejor. Y ahora ponte derecho en la montura y acuérdate de lo que te dije de
las rodillas. ¡Qué divertido que yo, que he dirigido cargas de caballería y
ganado carreras, tenga un saco de papas como tú en la silla! Pero en fin, ahí
vamos --rió entre dientes, sin crueldad.
Y ciertamente, el caballo inició el viaje nocturno con gran prudencia.
Fue primero que nada directo al sur de la cabaña del pescador hasta un
riachuelo que desembocaba allí al mar, cuidando de dejar en el barro muy
claras las huellas de cascos yendo hacia el sur. Pero en cuanto estuvieron en
medio del vado, volvió río arriba y se fueron vadeando hasta que se alejaron
unos cien metros de la cabaña, hacia el interior. Después eligió la parte de
la ribera más cubierta de cascajos donde no quedaran huellas y salieron por
el lado norte. Luego, siempre al paso, fue hacia el norte hasta que la cabaña,
el único árbol, el establo del burro, y la caleta... en realidad, todo lo que
Shasta conocía, se perdió de vista en la gris oscuridad de la noche de
verano. Habían cabalgado cuesta arriba y se encontraban ya en la cumbre,
aquella cumbre que siempre fue el límite del mundo de Shasta. No podía
ver qué había más adelante excepto que era un sitio abierto y cubierto de
pasto. Parecía no tener fin; agreste y solitario y libre.
--¡Mira! --dijo el caballo--. Qué lugar para un galope ¿no?
--Oh, por favor no --dijo Shasta--. Todavía no. No sé cómo... por

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