--¿Por qué? --preguntó el caballo--. Yo soy un narniano libre. Y
¿por qué tendría que hablar como los esclavos o los tontos? No quiero que
viva para siempre, y sé que no va a vivir para siempre, se lo desee yo o no.
Y creo que tú también vienes del norte libre. ¡No usemos más esta jerga
sureña entre tú y yo! Y ahora volvamos a nuestros proyectos. Como te
decía, mi humano iba camino al norte, a Tashbaan.
--¿Eso quiere decir que es mejor que nosotros vayamos al sur?
--No lo creo --dijo el caballo--. Lo que pasa es que él me toma por
un caballo mudo y estúpido como los demás que posee. Y si yo lo fuera, en
cuanto me viera libre regresaría a casa, a mi establo y a mi corral; iría de
vuelta a su palacio que está a dos días de viaje hacia el sur. Allí es donde él
me buscaría. Jamás soñaría que me voy solo al norte. Y de todos modos, él
pensará que alguien del último pueblo que cruzamos nos ha seguido hasta
acá y me ha robado.
--¡Bravo! --dijo Shasta--. Entonces iremos al norte. He pasado toda
mi vida ansiando ir al norte.
--Por supuesto que lo has ansiado --dijo el caballo--. Es por la
sangre que corre por tus venas. Estoy seguro de que eres de verdadero linaje
norteño. Pero no hablemos muy alto. Creo que ya deben estar dormidos.
--Mejor vuelvo sin hacer ruido a la casa para ver --sugirió Shasta.
--Buena idea --aprobó el caballo--. Pero ten cuidado de que no te
atrapen.
Estaba mucho más oscuro ya, y había un gran silencio, aparte del
sonido de las olas en la playa que Shasta apenas notaba, pues lo había oído
día y noche desde que tenía memoria. Al acercarse a la cabaña vio que no
había luz. Cuando estuvo al frente no oyó ningún ruido. Cuando se
aproximó a la única ventana pudo escuchar, al cabo de un par de segundos,
el sonido familiar del rechinante ronquido del viejo pescador. Era divertido
pensar que, si todo andaba bien, no lo volvería a oír nunca más.
Conteniendo el aliento y sintiendo algo de pesar, pero mucho menos pesar
que alegría, Shasta se escurrió por el pasto hasta el establo del burro, buscó
a tientas el lugar donde sabía se escondía la llave, abrió la puerta y encontró
la montura y la brida del caballo, que habían sido guardadas allí por esa
noche. Se inclinó y besó la nariz del burro. "Qué pena no poder llevarte a
ti", dijo.
--Por fin llegaste --le dijo el caballo cuando regresó--. Estaba
empezando a preguntarme qué había sido de ti.
--Estaba sacando tus arreos del establo --replicó Shasta--. Y ahora,
¿puedes decirme cómo ponértelos?
Durante los siguientes minutos Shasta estuvo trabajando con extrema
cautela para evitar los tintineos, en tanto que el caballo decía cosas como:
"Pon esa cincha un poco más apretada", o "Vas a encontrar una hebilla más
abajo", o "Tienes que acortar un poco esos estribos". Cuando Shasta hubo
|
|