Eustaquio le daba un fuerte apretón de manos. Luego, ambos corrieron hacia los centauros,
y el Renacuajo del Pantano, hundiéndose en su lecho, comentó para sus adentros:
--Bueno, jamás habría soñado que ella haría eso. Aunque soy un tipo harto
buenmozo.
Montar un centauro es, sin duda, un gran honor (y es muy probable que fuera de Jill y
Eustaquio no exista ningún ser viviente hoy en el mundo que lo haya hecho), pero es
sumamente incómodo. Porque nadie que aprecie su vida sugeriría ensillar un centauro, y
montar en pelo no es nada de divertido; especialmente si, como Eustaquio, no tienes idea de
andar a caballo. Los centauros eran muy educados, en su estilo serio, gracioso y adulto, y
mientras iban a medio galope por los bosques de Narnia, hablaban sin volver sus cabezas,
contándoles a los niños sobre las propiedades de las hierbas y raíces, la influencia de los
planetas, los nueve nombres de Aslan con sus significados, y cosas parecidas. Y por muy
adoloridos y traqueteados que hayan quedado los dos humanos, ahora darían cualquier cosa
por hacer ese viaje otra vez: ver esos claros en el bosque y esas lomas centelleantes por la
nieve caída la noche anterior; ver cómo salen a tu encuentro conejos y ardillas y pájaros que
te dan los buenos días; respirar nuevamente el aire de Narnia y oír las voces de los árboles
de Narnia.

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