--Aslan, Aslan, Aslan --repetía Jill.
--Por favor, haz que podamos ir a...
En ese momento se oyó una voz que gritaba desde el otro lado del gimnasio.
--¿Pole? Sí, ya sé donde está. Está lloriqueando detrás del gimnasio. ¿La hago salir?
Jill y Eustaquio se dieron una sola mirada, se tiraron de cabeza debajo de los laureles
y empezaron a trepar por la empinada cuesta de tierra del parque a una espectacular
velocidad de campeones que les merecía un buen premio. (Debido a los curiosos métodos
de enseñanza del Colegio Experimental uno no aprendía mucho francés o matemáticas o
latín o cosas por el estilo, pero eso sí que uno aprendía a escapar rápido y silenciosamente
cuando ellos lo andaban buscando).
A los pocos minutos de comenzar a trepar se detuvieron para escuchar y, por los
ruidos que se oían, comprendieron que los seguían.
--¡Ojalá la puerta estuviera abierta otra vez! --dijo Scrubb mientras corrían, y Jill
asintió.
Porque al final del parque había una elevada muralla de piedra y en ella una puerta
por la que podías salir al camino público. Esa puerta estaba casi siempre cerrada con llave,
pero algunas veces hubo gente que la encontró abierta; o quizás esto sucedió una sola vez.
Pero podrás imaginarte que el recuerdo de esta única vez hacía que la gente no perdiera la
esperanza y siguiera tratando de abrir la puerta; pues si llegaban a encontrarla sin llave, era
una espléndida manera de salir del colegio sin que te vieran.
Jill y Eustaquio, muy acalorados y muy sucios después de arrastrarse casi doblados en
dos por debajo de los laureles, subieron jadeando hasta la muralla. Y allí, cerrada como de
costumbre, estaba la puerta.
--Va a ser inútil, seguramente --dijo Eustaquio, con la mano en la manilla de la
puerta; y de pronto--: ¡Ah, por la gran flauta! --exclamó, pues la manilla había girado y la
puerta se abría.
Momentos antes pensaban que si, por casualidad, la puerta estaba sin llave, la
cruzarían volando como un rayo. Pero cuando la puerta realmente se abrió, se quedaron
inmóviles. Porque lo que vieron era muy diferente de lo que esperaban.
Habían esperado ver la grisácea pendiente del potrero cubierto de brezos subiendo y
subiendo hasta juntarse con el gris del cielo otoñal. En su lugar los recibió el resplandor del
sol que inundaba el portal, como la luz de un día de verano que entra a raudales en la
cochera cuando abres la puerta, y hacía que las gotas de agua brillaran como abalorios
sobre el pasto, resaltando la suciedad de la cara de Jill, manchada de lágrimas. La luz del
sol provenía de lo que ciertamente parecía ser un mundo diferente... por lo menos lo que
ellos alcanzaban a vislumbrar. Vieron un suave césped, más suave y brillante que todos los
que Jill había visto antes, y un cielo azul y, moviéndose con gran rapidez de allá para acá,
unas cosas tan relucientes que podrían haber sido joyas o enormes mariposas.
Aunque había deseado tanto que sucediera algo así, Jill tuvo miedo. Miró a Scrubb y
vio que él también estaba asustado.
--Vamos, Pole --dijo él, casi sin aliento.
--Pero ¿podremos volver? ¿No será peligroso? --preguntó Jill.
En ese momento se escuchó una voz que gritaba detrás de ellos, una vocecilla
maligna y llena de rencor.
--Escúchame, Pole --chilló--, todos sabemos que estás ahí. Baja para acá.
Era la voz de Edith Jackle, que no era una de ellos, pero sí pertenecía a su grupo de
parásitos y soplones.
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