--Si descubro que me estás tomando el pelo no volveré a hablarte nunca más; nunca,
nunca, nunca.
--No te tomo el pelo --dijo Eustaquio--. Te juro que no. Te lo juro por... por todo.
(Cuando yo estaba en el colegio, uno habría dicho "lo juro por la Biblia". Pero nadie
se preocupa de la Biblia en el Colegio Experimental).
--Está bien --dijo Jill--. Te creo.
--¿Y no se lo dirás a nadie?
--¿Quién te crees que soy?
Dijeron esto con gran entusiasmo; pero después, cuando ya lo habían dicho y Jill
miró a su alrededor y vio ese nublado cielo otoñal y escuchó el ruido de las gotas que caían
de las hojas y pensó en lo inútil que era el Colegio Experimental (era un curso de trece
semanas y aún faltaban once), dijo:
--Pero después de todo, ¿qué sacamos? No estamos allá; estamos aquí. Y
requetenunca podremos ir allá. ¿O podemos?
--Eso es lo que me gustaría saber --replicó Eustaquio--. Cuando volvimos de ese
lugar, alguien dijo que los dos Pevensie (mis dos primos) no volverían nunca más. Era la
tercera vez que iban, ¿ves?, así que supongo que ya tenían su cuota. Pero él jamás dijo que
yo no podría volver. Estoy seguro de que lo habría dicho, a menos que quisiera decir que yo
iba a volver. Y no puedo dejar de preguntarme si nosotros podemos... si podríamos...
--¿Quieres decir, hacer algo para que suceda?
Eustaquio asintió.
--¿Quieres decir que podríamos dibujar un círculo en la tierra... y escribir algo en
letras raras... y pararnos adentro... y decir conjuros y hechizos?
--Bueno --dijo Eustaquio luego de reflexionar profundamente durante un
momento--. Creo que era algo así lo que yo pensaba, aunque nunca lo hice. Pero ahora que
tú lo dices, me parece que todos esos círculos y cosas son puras tonterías. No creo que a él
le gustaría. Parecería como si creyéramos que podemos obligarlo a hacer algo. Y en
realidad sólo podemos pedírselo.
--¿Quién es esa persona de que hablas todo el tiempo? --En aquel lugar lo llaman
Aslan --explicó Eustaquio.
--¡Qué nombre tan raro!
--Ni la mitad de lo raro que es él --dijo Eustaquio con aire solemne--. Pero
hagámoslo, no puede ser nada malo, sólo pediremos. Parémonos juntos, así, y estiremos los
brazos al frente con las palmas hacia abajo, tal como hicieron ellos en la isla de Ramandú...
--¿La isla de quién?
--Te lo contaré otro día. Y a él le gustaría que estemos de cara al este. A ver ¿dónde
está el este?
--No sé --dijo Jill.
--Eso es lo fantástico que tienen las niñas: jamás saben los puntos de la brújula
--comentó Eustaquio.
--Tú tampoco lo sabes --exclamó Jill, indignada.
--Claro que lo sé, si dejas de interrumpirme. Ya lo tengo. Ese es el este, frente a los
laureles. Y ahora ¿quieres repetir las palabras conmigo?
--¿Qué palabras? --preguntó Jill,
--Las palabras que yo voy a decir, por supuesto --contestó Eustaquio--. Ahora.
Y comenzó.
--¡Aslan, Aslan, Aslan!
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