Scrubb.
-- Voto porque nos quedemos aquí --dijo Jill--. Prefiero no verlo.
Pero sentía un poco de curiosidad, de todos modos.
--No, regresemos --dijo Barroquejón--. Puede que recojamos alguna información, y
necesitamos echar mano de todo lo que podamos lograr. Estoy convencido de que esa
Reina es una bruja, y nuestra enemiga. Y esos terrígeros nos darán un buen golpe en la
cabeza en cuanto nos vean. Hay un fuerte olor a peligro y a mentiras y a magia y a traición
en esta tierra, como no he olido nunca antes. Tenemos que tener ojos y oídos abiertos.
Volvieron al corredor y empujaron suavemente la puerta abierta. "Todo está bien",
dijo Scrubb, lo que significaba que no se veía ningún terrígero cerca. Entonces regresaron a
la habitación donde habían cenado.
Esta vez la puerta principal estaba cerrada, ocultando la cortina por donde habían
entrado antes. El Caballero estaba sentado en una curiosa silla de plata, a la que estaba
atado por los tobillos, las rodillas, los codos, las muñecas y la cintura. Le corría el sudor por
la frente y su rostro mostraba una gran angustia.
--Pasen, amigos --dijo, lanzándoles una rápida mirada--. Todavía no he sufrido el
ataque. No hagan ruido; le dije a ese chambelán entrometido que estaban acostados.
Ahora... siento que ya viene. ¡Pronto! Escúchenme mientras aún tengo dominio sobre mí
mismo. Cuando esté con el ataque, es posible que les ruegue y les implore, con súplicas y
amenazas, que suelten mis ataduras. Dicen que así lo hago. Recurriré a lo que sea más
sagrado y a lo que sea más horrible para ustedes. Pero no me escuchen. Endurezcan sus
corazones y cierren sus oídos. Porque mientras esté atado ustedes estarán a salvo. Pero si
me levanto de esta silla, primero vendrá mi furia, y después --se estremeció--, me
convertiré en una repugnante serpiente.
--No temas que te desatemos --dijo Barroquejón--. No tenemos ningún deseo de
encontrarnos con hombres frenéticos ni con serpientes.
--Claro que no --dijeron Scrubb y Jill al unísono.
--De todos modos --agregó Barroquejón en un susurro--, no estemos tan seguros.
Estemos en guardia. Hemos perdido las otras oportunidades, no lo olviden. No me
extrañaría que él se pusiera muy astuto, cuando comience. ¿Podemos confiar en nosotros
mismos? ¿Prometemos que diga lo que diga no tocaremos esas cuerdas? ¿Diga lo que
diga?
--¡Ya lo creo! --dijo Scrubb.
--No hay nada en el mundo que él pueda decir o hacer que me haga cambiar de
opinión --dijo Jill.
--¡Silencio! Algo pasa --murmuró Barroquejón.
El Caballero estaba gimiendo. Su cara estaba pálida como la cera y se retorcía entre
las cuerdas. Y acaso porque sentía lástima por él, o por alguna otra razón, Jill pensó que
parecía un hombre mucho más agradable que antes.
--Ah --decía con voz quejumbrosa--. Hechizos, hechizos... la espesa, enmarañada,
fría, pegajosa telaraña de la funesta magia. Enterrado vivo. Arrastrado bajo la tierra, en las
profundidades de esta oscuridad negra como el hollín... ¿cuántos años hace ya? ¿He vivido
diez años, o mil años, en el infierno? Rodeado de hombres gusanos. Oh, tengan piedad.
Déjenme salir, déjenme regresar. Déjenme sentir el viento y ver el cielo... Había un
pequeño estanque. Cuando miraba en él podía ver que todos los árboles parecían crecer al
revés en el agua, toda verde, y debajo de los árboles, al fondo, muy al fondo, el cielo azul.
Había hablado en voz baja; luego levantó la mirada, fijó en ellos sus ojos, y dijo con

69