Jill se arremangó sus largas faldas, horribles para correr con ellas puestas, y corrió. El
peligro era indudable ahora. Podía oír la música de la cacería. Podía oír la voz del Rey.
--¡Persíganlos, persíganlos, o no tendremos pastel de hombre mañana! --vociferaba.
Jill iba al último, muy incómoda con su vestido, resbalando en las piedras sueltas, con
el pelo que se le metía en la boca y sintiendo continuos dolores en el pecho. Los perros de
caza estaban cada vez más cerca. Ahora tenía que correr cuesta arriba, subiendo la
pedregosa pendiente que llevaba al peldaño más bajo de la escalera gigante. No tenía idea
de qué harían cuando llegaran allí, ni si estarían mejor si es que lograban alcanzar la
cumbre. Pero no pensaba en eso. Se sentía como un animal perseguido; mientras tuviera la
jauría tras ella, debía correr sin parar.
El Renacuajo del Pantano iba adelante. Al llegar al escalón más bajo se detuvo, miró
un poco a la derecha y de súbito se lanzó por un pequeño agujero o grieta que había en el
fondo. Sus largas piernas, que desaparecieron adentro, semejaban enormemente las de una
araña. Scrubb vaciló y luego desapareció detrás de él. Jill, sin aliento y tambaleándose,
llegó al lugar un minuto más tarde. Era un agujero bien poco atractivo: una hendidura entre
la tierra y la piedra de cerca de un metro de largo y no más de treinta centímetros de ancho.
Tenías que tirarte de bruces y arrastrarte hacia adentro. No lo podías hacer con mucha
rapidez tampoco. Jill estaba segura de que tendría los dientes de un perro pegados a sus
talones antes de que lograra entrar.
--Rápido, rápido. Piedras. Rellenen la abertura --la voz de Barroquejón se escuchó
en la oscuridad, al lado de ella.
Estaba oscuro como boca de lobo allí, salvo la luz gris que se filtraba a través de la
grieta por donde habían entrado. Los otros dos trabajaban duro. Jill podía ver las pequeñas
manos de Scrubb y las manos de rana del Renacuajo, negras contra la luz, esforzándose con
desesperación en apilar piedras. De pronto comprendió lo importante que era y comenzó
ella también a buscar a tientas las piedras y a pasárselas a los otros. Antes de que los perros
empezaran a ladrar y a aullar a la entrada de la cueva, ya la tenían bastante tapada; claro
que ahora no había ni una gota de luz.
--Vamos más adentro, rápido --dijo la voz de Barroquejón.
--Tomémonos de las manos --sugirió Jill.
--Buena idea --dijo Scrubb.
Pero se demoraron un buen rato en encontrar las manos unos de otros en la oscuridad.
En ese momento los perros olfateaban al otro lado de la barrera.
--Veamos si podemos ponernos de pie --propuso Scrubb.
Lo hicieron y comprobaron que podían. Luego, Barroquejón, tomando la mano de
Scrubb que venía tras él, y Scrubb la de Jill que le seguía (y que deseaba ardientemente ser
la del medio del grupo y no la última), principiaron a avanzar tanteando el camino con los
pies y dando tropezones en medio de las tinieblas. Bajo sus pies sólo había piedras sueltas.
Barroquejón se encontró ante una muralla de rocas. Doblaron un poco a la derecha y
continuaron. Hubo muchas más vueltas y curvas. Jill había perdido totalmente el sentido de
orientación y no tenía idea de dónde estaba la boca de la cueva.
--El asunto es --la voz de Barroquejón llegó desde la oscuridad allá adelante--
decidir si no sería mejor, tomando en cuenta todas las cosas, regresar (si podemos) y darles
a los gigantes un gusto en ese banquete de ellos en vez de perdernos en las entrañas de una
colina donde, apuesto diez contra uno, debe haber dragones y hoyos profundos y gases y
agua y... ¡Ay! ¡Suéltenme! Sálvense ustedes. Me...
Después, todo sucedió muy rápido. Hubo un grito salvaje, un chasquido, un ruido a

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