Príncipe. ¿Pueden ayudarnos?
--¿Tienen algún indicio ustedes dos? --preguntó Plumaluz.
--Sí --respondió Scrubb--. Sabemos que debemos ir hacia el norte. Y sabemos que
tenemos que llegar a las ruinas de una ciudad gigantesca.
A estas palabras hubo más "tufúes" que nunca, y ruido de pájaros que movían sus
patas y agitaban sus alas, y en seguida todos los búhos empezaron a hablar a la vez. Todos
explicaban cuánto lamentaban no poder acompañar personalmente a los niños en su
búsqueda del Príncipe perdido.
--Ustedes querrían viajar de día y nosotros querríamos viajar de noche --dijeron--,
no va a resultar, no va a resultar.
Un par de búhos añadieron que incluso aquí, en esta ruinosa torre, ya no estaba tan
oscuro como al principio, y que el parlamento había durado demasiado. En realidad, la
simple mención de un viaje a las ruinas de la ciudad de los gigantes parecía haber enfriado
los ánimos de aquellas aves. Pero Plumaluz dijo:
--Si ellos quieren ir allí, al Páramo de Ettins, tendremos que llevarlos donde alguno
de los renacuajos del pantano. Son los únicos que los podrán ayudar.
--Cierto, cierto. Llévalos tú --dijeron los búhos.
--Vamos, entonces --dijo Plumaluz--. Yo llevaré a uno. ¿Quién llevará al otro?
Tiene que ser esta noche.
--Yo lo llevaré, sólo hasta donde están los renacuajos del pantano --dijo otro búho.
--¿Estás lista? --preguntó Plumaluz a Jill.
--Creo que Pole se quedó dormida --dijo Scrubb.
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