--¡Rápido! --dijo Scrubb-. Ven, tomémonos de las manos. No debemos separarnos.
Y antes de que ella se diera cuenta de lo que hacía, agarró su mano y de un tirón la
hizo atravesar la puerta, dejando atrás los jardines del colegio, Inglaterra, todo nuestro
mundo, para entrar a Aquel Lugar.
El sonido de la voz de Edith Jackle se apagó súbitamente, como cuando uno corta la
radio. Al instante escucharon un sonido muy distinto a su alrededor. Venía de aquellas
cosas que brillaban en las alturas y que resultaron ser bandadas de pájaros. Tenían un gran
bullicio, pero semejaba más bien una música (una música moderna, de esa que cuesta
entender la primera vez que la escuchas) que el acostumbrado canto de los pájaros en
nuestro mundo. Sin embargo, a pesar del canto, reinaba un inmenso silencio, que parecía
una especie de música de fondo. Aquel silencio, combinado con el frescor del aire, hizo
pensar a Jill que se hallaban en la cumbre de una montaña muy alta.
Scrubb la llevaba todavía de la mano mientras caminaban hacia adelante, mirando a
todos lados con los ojos que se le salían de la cara. Jill vio que crecían árboles enormes por
todas partes, muy parecidos a los cedros, pero mucho más grandes. Pero como no estaban
plantados uno al lado del otro, y como no había maleza, permitían ver un buen trecho
dentro del bosque, a la derecha y a la izquierda. Y hasta donde los ojos de Jill alcanzaban a
ver, todo era igual: un césped parejo, veloces aves de plumaje amarillo, o azul libélula, o
color arco iris; sombras azuladas, y el vacío. No había un soplo de viento en ese aire fresco
y luminoso. Era un bosque muy solitario.
Más allá ya no había árboles; sólo el cielo azul. Siguieron adelante sin hablar, hasta
que de pronto Jill oyó que Scrubb decía: "¡Cuidado!", y sintió que la tiraban hacia atrás.
Estaban al borde mismo de un acantilado.
Jill tenía la suerte de ser de esas personas que no tienen vértigos. No le importaba en
lo más mínimo pararse al borde de un precipicio. Se enojó mucho con Scrubb por
empujarla hacia atrás. "Como si fuera una niñita", dijo, y se soltó bruscamente de la mano
de Eustaquio. Cuando vio lo pálido que se ponía, lo contempló con desprecio.
--¿Qué te pasa? --le preguntó.
Y para demostrar que ella no tenía miedo, se acercó más todavía al borde; en realidad,
se acercó mucho más de lo que hubiera querido. Luego miró hacia abajo.
Entonces pensó que Scrubb tenía algo de razón para estar tan pálido, pues éste era un
acantilado que no podría compararse a ninguno de los de nuestro mundo. Imagina que estás
en la cima del acantilado más alto que conozcas. Imagina que miras hacia el fondo. Y
entonces imagina que el precipicio continúa bajando más allá de ese fondo, y otra vez más
abajo, diez veces más, veinte veces más abajo. Y a esa inconmensurable distancia imagina
que ves debajo unas cositas blancas que podrían confundirse a primera vista con ovejas,
pero luego te das cuenta de que son nubes, no pequeñas guirnaldas de niebla, sino enormes
nubes blancas, infladas, tan grandes como cualquiera montaña. Y, por último, por entre
aquellas nubes, logras recién divisar el verdadero fondo, tan lejano que no alcanzas a
distinguir si es campo o bosque, si es tierra o agua: mucho más abajo de esas nubes de lo
que tú estás sobre ellas.
Jill lo miró fijamente. Luego pensó que, después de todo, sería mejor alejarse un par
de pasos de la orilla; pero no quería hacerlo por temor a lo que pudiera creer Scrubb. De
repente decidió que no le importaba lo que él creyera; podía perfectamente apartarse de esa
horrible orilla, y nunca más se burlaría de la gente que teme a las alturas. Pero cuando trató
de moverse se dio cuenta de que no podía. Sus piernas parecían estar hechas de masilla.
Todo daba vueltas ante sus ojos.
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