horizonte. Tal vez no podamos culparlo de que se le fuera el alma a los pies, ya que se
estaba mareando rápidamente.
--Rynelf --llamó Caspian a uno de los marineros--, trae vino aromático para sus
Majestades. Ustedes necesitan algo para entrar en calor después de ese chapuzón.
Llamaba a Edmundo y a Lucía sus Majestades porque, junto con Pedro y Susana,
habían sido reyes y reinas de Narnia antes que él. El tiempo en Narnia transcurre en
forma diferente al nuestro. Si pasas cientos de años allá, al volver a nuestro mundo será
la misma hora del mismo día en que te fuiste. Y también, si vuelves a Narnia después de
pasar una semana aquí, te encontrarás con que han transcurrido mil años narnianos, o
sólo un día, o tal vez ni siquiera un segundo; pero eso nunca lo sabrás hasta que llegues
allá. Por eso, cuando los niños Pevensie volvieron a Narnia por segunda vez, su llegada
fue considerada (por los narnianos) como si el rey Arturo volviera a Inglaterra, como
algunos creen que lo hará. Y en mi opinión cuanto antes lo haga, tanto mejor.
Rynelf volvió con el humeante y aromático vino en una gran jarra y cuatro copas
de plata. Era exactamente lo que les hacía falta, y a medida que Lucía y Edmundo lo
bebían a sorbos, podían sentir el calor que los recorría hasta la punta de los pies. Sin
embargo, Eustaquio hizo muecas, tartamudeó y lo escupió lejos; se mareó nuevamente y
reanudó sus gritos, preguntando si acaso no tendrían algún alimento energético
vitaminizado de cualquier tipo de arbusto y si podrían preparárselo con agua destilada.
Y de todos modos insistía en que lo dejaran en tierra en el próximo puerto.
--Has traído un compañero de viaje muy divertido, hermano --susurro Caspian al
oído de Edmundo, con risa ahogada.
Pero antes que pudiese decir cualquier otra cosa, Eustaquio gritó nuevamente:
-- ¡Por el amor del cielo! ¿Qué es eso? Saquen esa horripilancia de aquí.
En realidad esta vez tenía algo de razón en sorprenderse, ya que de la cabina de
popa había salido algo en verdad muy curioso, y se acercaba lentamente hacia ellos.
Podríamos decir que se trataba, y de hecho eso era, de un ratón; pero este era un Ratón
que caminaba en sus patas traseras y medía cerca de sesenta centímetros de alto.
Alrededor de su cabeza llevaba una delgada banda de oro que pasaba por debajo de una
oreja y por encima de la otra, y en ella había pegada una gran pluma carmesí. (Como el
pelaje del Ratón era muy oscuro, casi negro, el efecto era audaz y llamativo). Su pata
izquierda se apoyaba en la empuñadura de una espada casi tan larga como su propia
cola; con un equilibrio perfecto, elegantes modales y aspecto grave, se paseaba por la
cubierta oscilante del barco. Lucía y Edmundo lo reconocieron de inmediato. Era
Rípichip, el más valiente de todos los Animales que Hablan de Narnia y el Jefe de los
ratones. Se había hecho merecedor de eterna gloria durante la segunda batalla de
Beruna. Lucía, como siempre, tuvo muchas ganas de tomarlo en sus brazos y
regalonearlo, pero bien sabía que jamás podría darse ese gusto, ya que esto ofendería
profundamente a su amigo. En lugar de ello se arrodilló para hablar con él.
Rípichip adelantó su pata izquierda, dejando atrás la derecha, hizo una reverencia
y le besó la mano; luego se enderezó, se retorció los bigotes y dijo con su voz aguda y
chillona:
--Mis más humildes respetos a su Majestad y también al Rey Edmundo --al decir
estas palabras, se inclinó nuevamente--: Sólo la presencia de sus Majestades faltaba a
esta gloriosa aventura.
--¡Uf! Llévenselo de aquí --gimió Eustaquio--, odio los ratones y jamás he
podido soportar a los animales amaestrados. Son tontos, vulgares... y... sentimentales.
Después de mirarlo fijamente durante algunos segundos, Rípichip se volvió a
Lucía y dijo:
--¿Debo suponer que esta persona tan increíblemente grosera está bajo la

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