sí), fue a popa, donde estaba Drinian.
--Drinian --le dijo en voz muy baja--. ¿Cuánto tiempo nos demoramos remando
hacia allá, es decir, hasta el lugar donde recogimos al desconocido?
--Cinco minutos, tal vez --susurró Drinian--. ¿Por qué?
--Porque llevamos más tiempo que ése tratando de salir de aquí.
La mano de Drinian tembló sobre el timón y por su cara rodó una gota de sudor
frío. Todos pensaban lo mismo.
--¡Jamás saldremos de aquí, jamás! --se quejaban los remeros--. Lleva mal el
timón. Estamos dando vueltas y vueltas en círculos. ¡Nunca saldremos de aquí!
El desconocido, que yacía en la cubierta hecho un ovillo, se sentó y lanzó una
horrible y estridente carcajada.
--¡Nunca saldremos de aquí! --dijo a gritos--. Así es. Por supuesto. Nunca
saldremos. ¡Qué tonto fui al pensar que me dejarían ir tan fácil! No, no. Jamás
saldremos de aquí.
Lucía apoyó la cabeza en la baranda de la cofa de combate y susurró:
--Aslan, Aslan, si es cierto que nos amas, ayúdanos ahora.
La oscuridad no disminuyó, pero Lucía se empezó a sentir un poquito, un muy,
muy poquito mejor. "Después de todo, todavía no nos ha pasado nada", pensó.
--¡Miren! --se oyó la voz ronca de Rynelf, desde la proa.
Allí enfrente se veía un puntito de luz y, mientras lo miraban, de él cayó un
inmenso rayo de luz sobre el barco. Esto no alteró la oscuridad reinante, pero el barco
entero se iluminó, como por un reflector. Caspian pestañeó, miró a su alrededor, vio a
sus compañeros, todos con cara de locos y la mirada fija. Miraban hacia el mismo
punto: detrás de cada cual, sus negras y afiladas sombras.
Lucía miró a lo largo del rayo, y de pronto vio algo en él. Al principio parecía ser
una cruz, luego un avión, después un volantín y, finalmente, con un batir de alas, se
paró justo sobre ella, y vio que era un albatros. Dio tres vueltas alrededor del mástil y
luego se posó un instante en la cabeza del dragón dorado de proa. Gritó con una voz
fuerte y dulce algo que parecían ser palabras, a pesar de que nadie las comprendió.
Luego extendió sus alas, se elevó y comenzó a volar lentamente hacia adelante,
torciendo un poco a estribor. Drinian condujo el barco tras él, sin dudar que era un buen
guía. Pero nadie, salvo Lucía, supo que mientras volaba alrededor del mástil le había
susurrado "Ten valor, mi amor", y ella estaba segura de que esa voz era la de Aslan y,
con la voz, sintió un delicioso olor junto a su cara.
En pocos segundos la oscuridad de adelante se volvió agrisada y, luego, casi antes
de que se atrevieran a hacerse ilusiones, ya habían salido a la luz del sol y se
encontraban nuevamente en el mundo azul y templado. Y así como esos momentos en
los que simplemente quedarse en la cama, viendo cómo la luz del día entra a raudales
por la ventana, y oír la voz alegre de un cartero madrugador o del lechero que gritan allá
abajo, y darse cuenta de que "sólo fue un sueño: no era verdad", es tan maravilloso que
casi vale la pena tener una pesadilla para experimentar la alegría de despertar; así se
sintieron todos al salir de la oscuridad.
Los asombró la claridad del barco: casi esperaban que la oscuridad se hubiera
pegado al blanco y al verde y al dorado, como la mugre o la nata.
Lucía no perdió tiempo y bajó rápidamente a la cubierta, donde encontró a los
demás reunidos alrededor del recién llegado. Durante largo rato la felicidad le impidió
hablar y se limitó a contemplar el mar y el sol, y a tocar las amuradas y las cuerdas,
como si quisiera convencerse de que realmente estaba despierto, mientras rodaban las
lágrimas por sus mejillas.
--Gracias --dijo finalmente--. Me han salvado de... Pero no quiero hablar de eso.

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